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Concienciación, participación e implicación de los hombres en pro de la igualdad de mujeres y hombres

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Lo contrario al feminismo es la ignorancia

Publicado el 13 febrero 2019 en General, Los hombres ante la igualdad |

Primer capítulo de ‘#WeToo. Brújula para jóvenes feministas’ (Planeta), el nuevo libro de Octavio Salazar.  Huffpost

Te consideras feminista? ¿Por qué? ¿Te han explicado alguna vez quiénes fueron Olimpia de Gouges o Mary Wollstonecraft? ¿Te hablaron de Rousseau? En tu infancia, ¿te regalaron de pequeña un muñeco y un set de belleza? ¿Y un balón de fútbol? ¿Podrías citar el nombre de alguna filósofa, o científica o inventora? ¿Sabes si tus abuelas o bisabuelas se dedicaron a alguna profesión, además de, por supuesto, trabajar en sus casas? ¿Podrías poner algún ejemplo que demuestre que el lenguaje continúa invisibilizando o denigrando a las mujeres? ¿Cuál es tu primer apellido, el de tu padre o el de tu madre?

Sin género de dudas

Debemos empezar este viaje dejando claro lo que significa ser hombre o ser mujer: es una construcción social y cultural. Es decir, más allá de las diferencias biológicas que existen entre chicas y chicos, es la sociedad en la que vivimos la que, desde que nacemos, nos lanza mensajes que nos indican cómo debemos actuar en función de que nos pongan la etiqueta de hombre o mujer. La filósofa Ana de Miguel cuenta muy bien cómo desde que nacemos nos marcan de manera diferenciada o, mejor dicho, marcan a las niñas. No sé si seguirá siendo lo habitual, pero hasta hace muy poco tiempo cuando nacía una niña se le hacía un agujerito en las orejas para poder ponerle unos pendientes. Con ese gesto tan simbólico ya se os estaba diferenciando y se os estaba marcando lo que significa ser mujer en un doble sentido. De una parte, porque lo de llevar pendientes ha tenido que ver con una concepción de lo que las mujeres se ponen en su cuerpo con tal de ser más atractivas y vistosas. De otra, porque a esas niñas recién nacidas nadie les preguntaba su opinión, es decir, si querían o no tener agujeros. ¿No sería mucho más sensato, y respetuoso con la libertad de las mujeres, no taladrar sus orejas y que en un futuro las que quisieran, como hacen los chicos, se hicieran un agujero, o dos, o tres?,

Pues bien, ese detalle de los agujeros en las orejas nos pone de manifiesto de manera muy clara lo que es el género: el conjunto de factores sociales y culturales que condicionan nuestra identidad como sujetos y que acaban teniendo importantes consecuencias no solo en nosotros mismos, sino también en cómo nos relacionamos con hombres y mujeres. El género no tiene nada que ver con la biología. Desde el punto de vista meramente biológico, nacemos hombres o mujeres, además de un pequeño porcentaje de criaturas que nacen con una mezcla de órganos genitales masculinos y femeninos (son las personas intersexuales). Cuando hablamos de género nos referimos a cómo la cultura en la que vivimos entiende que debemos ser hombres o mujeres. El género es, pues, como una especie de marca, como esos sellos que a fuego les ponen a las piezas de ganado, que desde recién nacidas y nacidos condiciona nuestra manera de ser, de actuar o de vestir. Desde el momento en que nos visten de rosa o de azul, nos están marcando con el género.

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Dejemos de hablar de cerebro ‘femenino’ y ‘masculino’

Publicado el 24 enero 2019 en General |

Gráfica de la frenología, circa 1920 CreditOxford Science Archive/Print Collector/Getty Images

Por y

Durante los siglos XVII y XVIII en Europa, el surgimiento de los ideales de igualdad creó la necesidad de probar científicamente la naturaleza inferior de la mujer. Así nació la complementariedad biológica de género, la noción de que, como lo explica la historiadora de la ciencia, Londa Schiebinger, en The Mind Has No Sex: “A las mujeres no se les consideraba simplemente inferiores a los hombres, sino fundamentalmente diferentes a ellos y, por lo tanto, no se les podía comparar”. Desde entonces, de una u otra forma, ese concepto ha perdurado y ha provocado a la ciencia para que explique el estado del género.

En la médula de este concepto está la creencia persistente de que puede ser útil y significativo insertar la naturaleza del hombre y de la mujer en dos categorías o “tipos naturales”, que son distintos y atemporales, y tienen un profundo fundamento biológico. La versión actual de esta idea continúa una búsqueda de siglos para encontrar en el cerebro el origen de esta supuesta divergencia de habilidades, preferencias y comportamientos: por ejemplo, se puede encontrar esta idea en libros populares como Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venusde John Gray, publicado en la década de los noventa, El cerebro femenino y El cerebro masculino de Louann Brizendine, de la década posterior, y Results at the Top: Using Gender Intelligence to Create Breakthrough Growth de Barbara Annis y Richard Nesbitt, impreso el año pasado.

Sin embargo, una versión del mismo supuesto algunas veces también está sutilmente presente en la investigación científica. Consideremos, por ejemplo, la importante teoría de empatía-sistematización del cerebro del psicólogo Simon Baron-Cohen de la Universidad de Cambridge y la teoría complementaria sobre el autismo “del cerebro masculino extremo”. Esta presupone que existe un tipo de cerebro en especial que “sistematiza”, al que podríamos describir significativamente como “el cerebro masculino”, el cual acciona formas de pensar, sentir y comportarse que distinguen al niño y al hombre típicos de las “empáticas” niña y mujer típicas.

También se pueden considerar estudios que hablan sobre las diferencias de sexo en la estructura cerebral en términos de dos tipos de cerebro. De ahí surgió un estudio de Madhura Ingalhalikar y sus colegas divulgado mundialmente acerca del conectoma —es decir, la enorme red de conexiones entre las diferentes regiones del cerebro— que concluyó que “el cerebro masculino está estructurado para facilitar la conectividad entre la percepción y la acción coordinada, mientras que el cerebro femenino está diseñado para facilitar la comunicación entre los modos de procesamiento analíticos e intuitivos”.

El problema de estos planteamientos es el supuesto implícito de que las diferencias de sexo, ya sea en la estructura cerebral, la función o el comportamiento, ‘se acumulan’ constantemente en las personas para crear “cerebros masculinos” y “cerebros femeninos”, así como “naturalezas masculinas” y “naturalezas femeninas”.

En 2015, una de nosotras, Daphna Joel, encabezó un análisis de cuatro grandes grupos de escaneos cerebrales y descubrió que las diferencias de sexo que vemos en general entre el cerebro masculino y femenino no se observan clara ni constantemente en los cerebros por separado. En otras palabras, los seres humanos por lo general no tenemos cerebros con características mayor o exclusivamente “típicas femeninas” o “típicas masculinas”. En cambio, lo que es más común tanto en hombres como en mujeres son cerebros con mosaicos de características, algunas de las cuales son más comunes en los hombres y algunas más comunes en las mujeres.

Posteriormente, Daphna Joel y sus colegas aplicaron el mismo tipo de análisis a grandes grupos de datos de variables psicológicas para preguntarse: ¿las diferencias de sexo en las características de personalidad, las actitudes, las preferencias y los comportamientos se acumulan de manera uniforme para crear dos tipos de seres humanos, cada uno con su propio conjunto de características psicológicas? Una vez más, la respuesta fue negativa: en cuanto a la estructura cerebral, las diferencias crearon mosaicos de rasgos femeninos y masculinos de personalidad, actitudes, intereses y comportamientos. Por ejemplo, en los datos de 4860 adolescentes del Estudio Nacional Longitudinal de Salud de Adolescentes, las variables en las que más diferían las chicas y los chicos incluían la preocupación por el peso, la depresión, la delincuencia, la impulsividad, las apuestas, la participación en las tareas del hogar, la participación en los deportes, y la puntuación en cuanto a feminidad. Hasta aquí, esto va de acuerdo con la norma del género. Sin embargo, ninguna persona tuvo solo puntuaciones femeninas o masculinas en estas variables. En cambio, lo que fue normal tanto en los hombres como en las mujeres (el 70 por ciento, para ser exactos), fue un mosaico de características femeninas y masculinas.

Además, en octubre de este año, un análisis del mismo laboratorio de más de 2100 cerebros humanos, mediante el uso de algoritmos que agrupan cerebros matemáticamente parecidos en conjuntos o tipos, demostró que los tipos de cerebro típicos de las mujeres también son típicos de los hombres, y viceversa. Las grandes diferencias de sexo solo se encontraron en la presencia de algunos tipos de cerebro poco comunes.

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Gillette, Ausonia y la mercantilización del feminismo y las nuevas masculinidades

Publicado el 16 enero 2019 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Gillette y Always

Campañas publicitarias de Gillette y Always, ambas de Procter&Gamble

El anuncio de Gillette sobre las masculinidades tóxicas ha levantado airadas críticas y pasiones, pero la campaña abre también el debate sobre la cooptación y mercantilización del feminismo y las nuevas masculinidades por parte de grandes empresas.

Hace algo más de cuatro años, un vídeo se viralizó en redes. Aquel “Like a girl” (como una chica) mostraba un escenario donde a varias chicas adultas, hombres y niños les pedían que corrieran, lanzaran una pelota o lucharan “como una chica”. Frente a las cámaras, esas personas empezaban a hacer aspavientos, usar posturas ridículas o burdas imitaciones de lo que la sociedad patriarcal ha marcado que tiene que ser una chica. Tras esas imágenes, se le preguntaba lo mismo a un grupo de niñas, las cuales corrían, lanzaban la pelota y daban patadas voladoras que sorprendían en la diferencia con el tipo de gestos que mostraba el primer grupo.

El vídeo se viralizó. Muchas de mis amistades, la inmensa mayoría mujeres, lo compartían en sus redes sociales con mensajes que reivindicaban la fortaleza de aquellas chicas, frente a la imagen patriarcal que se tiene y mostraba la primera parte de la campaña. A mí también me gustó mucho el vídeo, pero había algo que no cuadraba. La tipografía del final me sonaba mucho, pero el vídeo no parecía anunciar ningún producto. Solo había que rascar un poco para descubrir que era una campaña de Always, la marca de compresas de Procter&Gamble (P&G) que en España toma el nombre de Ausonia. Lo que me trajo un montón de preguntas y contradicciones: ¿Debe el movimiento feminista dejar que su mensaje sea divulgado por la misma empresa que lleva años haciendo anuncios sobre detergentes en los que se estereotipa al máximo a la mujer? ¿Se debe permitir que se mercantilice el mensaje feminista a cambio de que llegue a otras capas de la sociedad? Aquella campaña publicitaria vio la luz en 2014. En aquel momento no parecía necesario un debate que hoy puede que sí lo sea.

GILLETTE Y LA MASCULINIDAD TÓXICA

La conocida marca de maquinillas de afeitar Gillette, propiedad también de P&G, ha publicado una nueva campaña que, bajo el lema The best men can be(Lo mejor que los hombres pueden ser), denuncia la masculinidad tóxica. En solo unos minutos, las redes sociales se llenaban de hombres ofendidos que se marcaban unos not all men (no todos los hombres) de libro, o que argumentaban que “hay que dejar que los niños sean niños” en referencia a varias imágenes del anuncio donde un hombre para a dos niños que se están peleando u otro que defiende a un chico que está sufriendo bullying. Incluso muchos de esos hombres ofendidos han llamado a un boicot comercial a la marca de cuchillas. Había pensado poner algunos de sus tuits aquí incrustados, pero sinceramente no creo que sea necesario darle publicidad a esos mensajes tan burdos y pueriles de machitos enfadados. Ese no es el debate de hoy.

Que quede por delante que a mí me ha encantado el spot publicitario. Me gusta el mensaje, el enfoque y la denuncia que hace. De la misma manera que me gustaba el anuncio de Always. Me encanta que en los medios de masas se introduzcan los mensajes que puedan divulgar ideas feministas o, en este caso, de las nuevas masculinidades y de la deconstrucción del sujeto masculino en esta sociedad patriarcal.

Pero me vienen a la cabeza las mismas preguntas que hace cuatro años: ¿Es bueno que una empresa como P&G sea la que mercantilice ese mensaje? ¿Nos compensa dejar que sea una multinacional como esta sea la que divulgue dicho mensaje porque llegue a más gente?.

Para contestar a estas preguntas creo que también hay que poner en contexto quién es P&G. No voy a entrar en contar la historia de la empresa, pero la multinacional se encuentra en los armarios de nuestras casas, y no solo en los del cuarto de baño. Fairy, Don Limpio, H&S, Tampax, Ariel o Ausonia son solo algunas de las marcas de la multinacional.

¿Debe ser la empresa que lleva décadas usando, y que no ha parado de usar por mucha campaña feminista que hiciera en 2014, estereotipos de amas de casa en sus anuncios de detergentes la que se apodere y divulgue ese mensaje? La misma empresa que recarga un pink tax, como se le llama al sobrecoste que tiene un producto por el simple hecho de ser “para mujeres”, a las maquinillas de afeitar. Si no me creen les invito a ir a un supermercado y comparar el precio de una Gillette para hombre con una Gillette Venus. O, como decía en un tuit Carmen Pacheco, escritora y columnista de Vanity Fair, no es curioso que este mensaje contra la masculinidad tóxica nos lo de una empresa que en 2018 “estaba vendiendo cuchillas con la idea de que ‘en 5 min estás lista’ porque sin depilar obviamente no puedes salir”. En los siguientes tuits, Pacheco también da una pista que a mí me parece la clave: “Si a P&G hablar de la “masculinidad tóxica” no le sale rentable en números: no pasa nada, donde dije digo digo Diego y la maquinaria sigue funcionando”, o “Si en 2019 esta estrategia les sale cara, volverán a virar y adiós feminismo”.

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El fracaso del machismo

Publicado el 9 enero 2019 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente . Blog Autopsia

Los machistas han comenzado a salivar en cuanto han visto que los partidos de la derecha están cocinando una serie de medidas para limitar las políticas de Igualdad y contra la violencia de género, y así andan, salpicando con sus fluidos las redes y medios.

Nada nuevo respecto a los machistas, que desde el primer momento vieron que la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG) era un instrumento eficaz para responder ante su violencia de género, tanto sobre los casos como sobre las causas, pero sí respecto a la política, donde un partido accidental es capaz de situarse por encima del Tribunal Constitucional para decir que la LIVG es inconstitucional, y se atreve desde su posición mínima, no sólo minoritaria, a enmendar lo que la soberanía popular a través de sus representantes ha aprobado y ratificado por unanimidad en diferentes ocasiones. Interesante ejercicio de democracia el del machismo.

Todo ello demuestra que andan un poco de los nervios y que el machismo ha fracasado en su intento de mantener la desigualdad como normalidad, y la violencia contra las mujeres como un tema privado e invisible para que los hombres puedan continuar con sus privilegios, entre ellos negar esa violencia de género y mezclarla con otras formas de violencia interpersonal para que pase desapercibida su responsabilidad social y criminal.

Hoy se denuncia más violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja y en la vida pública, circunstancia que demuestra el fracaso del machismo violento en sus formas y en su fondo.

Pero no sólo se denuncia más, también ha aumentando la violencia de género en la sociedad, como demuestran las Macroencuestas. El machismo es cultura, no sólo conducta, una cultura de poder levantada sobre las referencias de los hombres, y como tal tiene tres instrumentos para condicionar la realidad: la influencia, el premio y el castigo. El fracaso del machismo se ha traducido en una pérdida de su capacidad de influir y premiar, por lo que en un intento de mantener sus privilegios y de castigar a quienes los cuestionan ha recurrido al incremento de la violencia.

Sin embargo, como su capacidad de manipular en nombre del orden dado es tan alta, ahora intentan presentar ese incremento del número de casos como un fracaso de la ley, como si la ley fuera la que diera las pautas para maltratar, y como si el machismo estuviera feliz de ceder sus posiciones de poder sin resistirse, y como si la desigualdad construida sobre su idea de “inferioridad e incapacidad” de las mujeres hubiera sido para ellos un error.

El fracaso del machismo es tan manifiesto que en estos 15 años de Ley Integral contra la Violencia de Género sus argumentos no han variado, tan sólo han sido repetidos. Entre esas razones que han dado para cuestionarla, destacan las siguientes:

  1. El número de homicidios no ha disminuido a pesar de medidas establecidas. Un planteamiento trampa basado en dos errores:
    1. Por una parte, comparan los homicidios anteriores a 2003 con los de los años siguientes a la LIVG, cuando en cada uno de esos periodos se medía algo diferente. Antes de la LIVG el concepto jurídico existente era el de violencia doméstica o familiar, por lo que muchos de los homicidios de mujeres en parejas sin convivencia (novios o exparejas) no se contabilizaban. Curiosamente, es a esta referencia a la que nos quieren llevar ahora para volver a ocultar la violencia contra las mujeres.
    2. El segundo error es contabilizar los homicidios en términos absolutos, sin considerar el grupo de población en el que se producen (el número de mujeres maltratadas), y si este es mayor o menor. Al haber aumentado el número de mujeres que sufren violencia machista debido a la reacción del machismo, la tasa de homicidios ha disminuido un 42%, y lo ha hecho en gran medida debido a los cambios sociales en cuanto a concienciación, e institucionales en cuanto a respuesta y atención, gracias a la LIVG

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LOS PADRES EN EL ESCAPARATE

Publicado el 7 enero 2019 en General, Paternidad Igualitaria |

Octavio Salazar. Diciembre 2018

Nunca negaré que ser padre es una de las experiencias que más ha influido en que cuestione mi identidad masculina, aunque solo haya sido porque tenía muy claro lo que no quería ser. Cosa distinta es que lo haya conseguido. Cada día, y mucho más ahora que mi hijo es adolescente, me doy cuenta de los errores que repito, de las incertidumbres y de la penosa ausencia de un manual que me diga cómo ser un padre presente, responsable y cuidadoso. Quizás sea una de las luchas que con más frecuencia provocan que me sitúe delante del espejo y me enfrente a mis impotencias. Entonces descubro que tal vez alumbrar una nueva masculinidad sea justamente eso, asumir la vulnerabilidad, renunciar al heroísmo, darte cuenta de que no hace falta controlarlo todo y de que la vida no es otra cosa que ir buscando un tesoro con frecuencia sin mapa que nos guíe.

En los últimos tiempos se ha puesto de moda hablar de las paternidades, de las nuevas paternidades, de esos nuevos modelos de hombres que lucen niños en los parques, o a los que ya no les resta virilidad mostrarse cariñosos con ellos en público. Se ha ido creando incluso una mística en torno a estos varones que, una vez más, y con el pretexto de mostrar al mundo lo buenos que son, ocupan portadas y aparecen como protagonistas heroicos. Todo ello mientras que en paralelo la maternidad continúa sin tener la centralidad que debiera en las políticas públicas y mientras que para las mujeres tener hijos continúa siendo un obstáculo para su realización personal y profesional, al tiempo de que por determinados sectores no deja de alimentarse una visión esencialista que las hace siervas de su papel de reproductoras. En este complejo contexto, al que habría que sumar la interesada reivindicación como un derecho de lo que es solo un deseo, el de ser padre o madre, continuamos sin dar respuestas adecuadas a lo que es el gran reto del siglo XXI: el reconocimiento social y económico de los trabajos de cuidados, la efectiva garantía de la corresponsabilidad como un derecho/deber y, en definitiva, la firma de un nuevo pacto de convivencia entre mujeres y hombres en el que superemos la división jerárquica entre lo público y lo privado.

Es decir, mucho me temo que de nuevo los hombres, o al menos una parte de nosotros, estemos usando el discurso de la paternidad para elevar nuestro prestigio social y para, bajo esa cobertura de amantes progenitores, apenas estemos renunciado a nuestro lugar privilegiado.

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La honestidad masculina y el amor romántico

Publicado el 27 diciembre 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Collage: Señora Milton

Coral Herrera Gómez. Pikara  online magazine.

¿Por qué los hombres patriarcales mienten?, ¿por qué enamoran a las mujeres con promesas de futuro y en cuanto las conquistan salen corriendo?, ¿por qué creen que es normal e incluso necesario ocultar información a su pareja, pero no soportan que ellas hagan lo mismo?, ¿por qué defienden tanto su libertad pero limitan la de su compañera?.

¿Por qué un hombre puede ser buena persona con todo el mundo menos con su pareja?, ¿por qué los puticlubs están a rebosar de hombres casados todos los días de la semana?, ¿por qué en algunos países es habitual que los hombres tengan dos y hasta tres familias cuando han prometido ante el altar o ante el juez fidelidad hacia su pareja oficial?…

En las guerras del amor todo vale, porque es la batalla más importante de la guerra de los sexos. El régimen heterosexual está basado en un reparto de papeles en el que los hombres llevan siempre las de ganar: ellos diseñan e imponen las normas para que las cumplan ellas. Pactan monogamia, juran fidelidad, prometen ser sinceros, y en cuanto pueden juegan sucio y se enredan en cadenas de mentiras.

Las mentiras son consustanciales a la masculinidad patriarcal. El engaño y la traición a los pactos acordados es la consecuencia de firmar un contrato en el que aparentemente jugamos en igualdad de condiciones, pero en la realidad está diseñado para que nosotras seamos fieles y esperemos en casa mientras ellos se lo pasan en grande. La monogamia, pues, es un mito que crearon para nosotras, muy útil para asegurar su paternidad y la transmisión del patrimonio, y también muy útil para domesticarnos y encerrarnos en el espacio doméstico.

En la batalla del amor hetero el pacto es: “Yo no tengo sexo fuera de la pareja, tú tampoco”. Nos limitamos los dos, renunciamos los dos a la libertad sexual, o mejor: ellas creen que ellos se comprometen a cumplir con esta auto-prohibición. Pero no: la estrategia es que las mujeres nos auto-censuremos mientras ellos hacen lo que les apetece sabiendo que gozan de una relativa impunidad y que serán perdonados.

En esta guerra de los sexos, ellos llegan armados hasta los dientes, las mujeres vamos desnudas y enamoradas. Ellos juegan con ventaja y casi siempre ganan: la doble moral nos echa la culpa, y a ellos les disculpa. Para poder disfrutar de la diversidad sexual y amorosa típica del macho, los hombres saben que deben defender su libertad mientras limitan la de sus parejas. Y para ello tienen que prometer mucho, mentir, engañar y traicionar a las enemigas.

Porque las mujeres jamás somos las compañeras: nos tratan como a las adversarias a las que hay que seducir, domesticar, y mantener engañadas con el rollo del romanticismo y las bondades de la familia patriarcal.

La doble moral del patriarcado permite a los hombres a tener una doble vida: una como señores adultos responsables y comprometidos, y otra como niñatos mentirosos que jamás asumen las consecuencias de sus actos. Los hombres aprenden pronto que pueden abusar de su poder porque el mercado del amor está lleno de mujeres deseosas de ser amadas. Lo mismo que los empresarios abusan de la necesidad de sus trabajadores porque tienen muchísima mano de obra barata dispuesta a trabajar por muy poco, los hombres patriarcales saben que pueden mentir y aprovecharse porque el mundo está lleno de mujeres con baja autoestima y necesitadas de amor. Ellas prefieren aguantar mentiras y engaños que estar solas, y pocas veces identifican este trato como mal trato, es decir, no es fácil asumir este comportamiento como violento porque está normalizado en nuestra cultura patriarcal.

La doble moral del patriarcado permite a los hombres a tener una doble vida: una como señores adultos responsables y comprometidos, y otra como niñatos mentirosos que jamás asumen las consecuencias de sus actos. Los hombres aprenden pronto que pueden abusar de su poder porque el mercado del amor está lleno de mujeres deseosas de ser amadas. Lo mismo que los empresarios abusan de la necesidad de sus trabajadores porque tienen muchísima mano de obra barata dispuesta a trabajar por muy poco, los hombres patriarcales saben que pueden mentir y aprovecharse porque el mundo está lleno de mujeres con baja autoestima y necesitadas de amor. Ellas prefieren aguantar mentiras y engaños que estar solas, y pocas veces identifican este trato como mal trato, es decir, no es fácil asumir este comportamiento como violento porque está normalizado en nuestra cultura patriarcal.

Los hombres patriarcales, sin embargo, se consideran buenas personas. El engaño forma parte de las estrategias de guerra, por eso traicionar y mentir a las mujeres con las que se relacionan no les hace sentir ni traidores ni mentirosos. Es simplemente una forma de dominar su mundo y de relacionarse con el enemigo. Y cuando el enemigo es una mujer, entonces no hay normas de caballerosidad ni principios ni ética que les detenga: en la cultura machista cualquier estrategia es válida. El objetivo es siempre someter a las mujeres para poder vivir bien, para salvaguardar el honor, para aumentar su prestigio delante de otros hombres.

Esta es la razón por la cual la honestidad no es cosa de hombres patriarcales. No hay contradicción, no les supone ningún problema. Es simplemente que siendo honesto uno no puede tener todo lo que desea, no puede tener varias amantes y una esposa fiel, no puede hacer lo que le da la gana sin tener que dar cuentas a nadie, no puede mentir, no puede acumular riqueza, no puede robar ni utilizar su poder para aprovecharse de los demás. La honestidad no calza con los valores de la masculinidad patriarcal, al menos no en el terreno de las guerras contra las mujeres

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‘Desaparecedores’

Publicado el 20 diciembre 2018 en General, Violencia machista |

Equipos de emergencias trabajando en la zona en la que se encontró el cádaver de la profesora Laura Luelmo, en Huelva. AL BERTO DÍAZ (GTRES

Miguel Lorente Acosta

Leticia Rosino, Diana Quer, Rocío Wanninkhof, Marta del Castillo, ahora la incertidumbre sobre Laura Luelmo… Las mujeres no desaparecen solas, lo hacen porque hay personas que las hacen desaparecer.

Las personas no desaparecen solas, lo hacen porque otras las hacen desaparecer: esas otras son los desaparecedores. Y cuando hay circunstancias y elementos que llevan a que esas personas hagan desaparecer a otras es porque hay factores desaparecedoratrices.

El machismo, esa construcción jerarquizada de poder de los hombres levantada sobre las referencias masculinas, lleva al uso de la violencia como una forma habitual de resolver los conflictos, y a los conflictos como una manera de abordar la realidad para a través de ellos obtener ventajas por medio del recurso a sus instrumentos de poder, entre los cuales está la violencia. Como pueden ver, el mecanismo es sencillo y todo encaja dentro de él.

Por lo tanto, los hombres bajo su modelo de sociedad y convivencia utilizan la violencia como una herramienta más para obtener y mantener los privilegios que se han otorgado a sí mismos a través de la cultura. Y utilizan esa violencia contra otros hombres como una vía instrumental con la que obtener elementos de carácter material y de forma inmediata, habitualmente dentro de un contexto de criminalidad; y la utilizan también contra las mujeres como una forma de mantener el significado de su construcción y la ventaja de ver su hombría recompensada y su masculinidad reforzada por medio de ese dominio y uso de las mujeres. Por eso el significado de la violencia, de las desapariciones, de la discriminación… es diferente cuando se ejerce contra quien pertenece al grupo históricamente discriminado, y ese grupo no son los hombres, son las mujeres.

¿Qué clase de sociedad y de masculinidad tenemos para que haya hombres que decidan asaltar a mujeres, agredirlas sexualmente en muchos casos, asesinarlas después?

Los desaparecedores de mujeres son hombres, y la fuerza desaparecedoratriz es el machismo a través de la violencia de género. Cuando una mujer desaparece, como ocurrió con Diana Quer, con Rocío Wanninkhof, con Marta del Castillo… Y con tantas otras; o como, previsiblemente, ha sucedido con Laura Luelmo, al igual que pasó con Leticia Rosino, asesinada en un pueblo de su Zamora cuando también salió a correr, es porque un hombre desaparecedor la hace desaparecer, habitualmente como parte de la violencia sexual del machismo “desaparecedoratriz”.

¿Qué clase de sociedad y de masculinidad tenemos para que haya hombres que decidan asaltar a mujeres, agredirlas sexualmente en muchos casos, asesinarlas después? ¿Qué valor se da a la vida de las mujeres cuando se actúa de ese modo, como manifestó con toda tranquilidad Collin Richards, asesino de la golfista española Celia Barquín, cal decir “quiero violar y matar a una mujer”?

Y todo ello sucede en un contexto social caracterizado por la desigualdad en el que la discriminación de las mujeres, el maltrato, el acoso, los abusos sexuales… Forman parte de una “normalidad” que facilita que se produzca esa violencia a través de la cosificación de las mujeres, que luego hace que no se denuncie, y que si se denuncia lleva a cuestionar o responsabilizar a la víctima, en lugar de hacerlo sobre los agresores. Y todo ello sin que la sociedad reaccione a pesar de las evidencias y datos objetivos.

 

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Enseñar a los monstruos

Publicado el 19 diciembre 2018 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

 

Foto. Alejandro Ruesga/Atlas.

Erik Pescador .El Pais

Dejemos de poner el foco en las mujeres que miran atrás con miedo y revisemos por qué los hombres se sienten con derecho a provocarlo.

Laura Luelmo ya nunca más tendrá que mirar atrás con miedo o preocupación porque sencillamente ya no está en este mundo. Es tremendo que la única forma en que una mujer no reciba agresión o intento de agresión de un hombre a lo largo de su vida sea no estar en este mundo.

Resulta especialmente doloroso que a estas alturas del siglo XXI todavía no nos hayamos dado cuenta de que las agresiones sexuales, las violaciones y las muertes machistas comienzan y acaban en el agresor, no con la víctima.

Basta ya de culpabilizar y responsabilizar a las mujeres de las agresiones que sufren por parte de los hombres y de aquellas personas que creen que las mujeres no pueden ser o vivir más allá del mandato patriarcal, que una minifalda, unos pantalones cortos o caminar sola es el motivo de que sufran agresiones. Basta ya de personas ciegas que no son capaces de ver que la violencia es responsabilidad de quien la ejerce, no de quien la recibe.

¿Desde qué criterio moral somos capaces de preguntarle a una chica antes de salir de fiesta si le parece que esa ropa que lleva es adecuada o demasiado provocativa? Y sin embargo no hacemos ningún comentario ni prevención a los hombres y a los jóvenes que van a salir esa misma noche porque ellos tienen el salvoconducto de la masculinidad tradicional.

Siento miedo y vergüenza cuando veo hordas machistas que vuelven a ponerse en pie capitaneadas por Trump, Bolsonaro y otros líderes del neoliberalismo, neonazismo, fascismo y machismo de siempre. Y todavía me asusta más ver la proliferación de las manadas y de la ideología que las sostiene; pero me produce terror el silencio cómplice de muchos hombres jóvenes y no tan jóvenes.

Estamos en tiempos de cambio, por eso quizás aparecen esos reveses tan brutales del patriarcado y su soldado, el machismo, evidenciados en la ocupación del cuerpo de las mujeres y sus vidas. Son tiempos para la reflexión, pero también para la acción educativa, para el cambio, para la prevención y no solamente para asustarnos cuando la herida ya se ha producido.

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Qué puedes hacer para acabar con la violencia machista si eres hombre

Publicado el 18 diciembre 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Grafiti urbano de Smug

Coral Herrera Gómez. Haikita blog
Conozco a muchos compañeros que están horrorizados con los últimos acontecimientos, y con las últimas cifras sobre la violencia machista publicadas por la ONU el pasado 25 de Noviembre, pero muchos no saben cómo contribuir a la lucha contra el patriarcado, o cuál podría ser su papel en este movimiento contra la violencia machista.

Hay muchas cosas que puedes hacer, aquí os dejo algunas ideas para empezar a trabajar:

– Trabajarte personalmente: hacer autocrítica constante con uno mismo. Ponle atención a la manera en como te relacionas con las mujeres que hay en tu vida: tus compañeras de estudios o trabajo, tu madre, tus hermanas, tus hijas y demás mujeres de tu familia, tus ligues o tu pareja, tus vecinas del barrio, o las camareras de los bares que visitas. Observa tus privilegios y la forma en que te beneficias de ellos, tu forma de cortejar y ligar, tu forma de tratar a tus compañeras sexuales y sentimentales, y la manera en que hablas de las mujeres en público. Analiza la manera en que gestionas tus emociones y resuelves conflictos, la forma en la que ejerces tu poder, la manera en que te beneficias de los cuidados que recibes de las mujeres que te quieren, Es un trabajo para toda la vida: constantemente tenemos comportamientos patriarcales y machistas, y la mayor parte de las veces no nos damos cuenta. Una vez que los identificas, puedes empezar a hacer cambios en tu vida cotidiana y en tu forma de relacionarte con nosotras.

– Trabajar en grupo: puedes juntarte con más hombres que estén trabajando sus patriarcados, y que tengan ganas de poner su granito de arena en una de las luchas políticas más importantes del siglo XXI. Podéis formaros, leer juntos, debatir, hacer talleres, y salir a las calles para protestar y para pedir a los gobiernos y a la sociedad que pongan la violencia machista en el centro de su agenda política.

– Evitar ser cómplice En tus reuniones con hombres: no le rías la gracia a los machistas, no le sigas el juego a los hombres de tu entorno que no se trabajan el machismo, y prestales tus gafas violetas: si les das tu punto de vista en vez de quedarte callado, puedes ayudar a muchos del grupo que piensan como tú y no se atreven a cortar el rollo a sus amigos. Y puedes lograr que tus amigos se hagan preguntas y empiecen también a trabajarse.

– Lee y escucha a las mujeres que llevan años estudiando y luchando en el movimiento feminista, puedes aprender mucho de ellas. El feminismo es una teoría y también un movimiento social, y como en la escuela no nos hablan de ello, tienes que ser autodidacta y aprender por tu cuenta. También puedes hacer cursos sobre feminismo y masculinidades, asistir a charlas y conferencias, y formar grupos de estudio feminista con otros hombres.

– Trabaja tu victimismo: es lógico que muchos hombres se sientan atacados y se enfaden porque todo está cambiando y no pueden hacer nada para que todo siga igual. Cuando te tocan tus privilegios, es hasta cierto punto normal que quieras seguir teniéndolos. El feminismo no es un discurso de odio contra los hombres, lo que trata es de poner el foco en la masculinidad patriarcal que domina el planeta y asesina mujeres cada cinco minutos en todo el mundo. Aunque vosotros también sufris vuestras opresiones, todas vienen del patriarcado, no del feminismo: el feminismo es un movimiento de liberación, y vosotros también estáis incluidos, pero no sois los protagonistas. Os necesitamos más como agentes del cambio que como lideres de un movimiento de mujeres.

– Educa a tus hijas e hijos sin machismo: asume de una vez tus responsabilidades domésticas, de crianza y cuidados. La única manera de enseñar la igualdad a tus descendientes es que la vean en casa, y que tú des ejemplo con tus acciones, no sólo con tus discursos. Eres el representante de las nuevas masculinidades y las nuevas paternidades, da lo mejor de ti en esta tarea.

– Trata bien y cuida a tus parejas, sean parejas formales o informales, sean parejas de una noche o de cien noches. Construye relaciones sanas e igualitarias con tus compañeras.

– Trata bien a las desconocidas también: no ejerzas acoso sexual en la calle y en los espacios públicos.

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