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Concienciación, participación e implicación de los hombres en pro de la igualdad de mujeres y hombres

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Feminizar la política

Publicado el 5 diciembre 2016 en Feminismos, General |

03/12/2016 | Justa Montero

Feminizar la política incluye muchas cosas distintas, desde la mayor presencia de mujeres en el espacio público, la propia consideración de la ética y lo político, al contenido mismo de la política feminista. Se trata por tanto de un concepto equívoco y ambivalente, sujeto a muy variadas interpretaciones en sus dos componentes, el de la feminización y el de la política.

Más mujeres y otras políticas

En este debate existe un punto de partida común que es la importancia de la presencia de mujeres en la política, aunque sea como un síntoma de “normalización” del actual sistema de representación. Pero el debate ha adquirido nuevos aires con la potente irrupción, desde hace un par de años, de mujeres en los Ayuntamientos y distintos Parlamentos. La presencia de mujeres en estos espacios de poder no es algo nuevo; sí lo es que muchas de ellas sean mujeres comprometidas con dar un nuevo sentido a la política, deudoras del 15M como movimiento que enarboló el “no nos representan”.

Si alguien tuviera alguna duda sobre la dimensión del cambio y la importancia simbólica que tiene la mayor presencia de mujeres en política, no hay más que fijarse en las reacciones que desata. Hasta ahora, los hombres, políticos, que consideran la presencia de mujeres como algo estético e inevitable, habían mantenido una actitud condescendiente. Pero con la presencia de más mujeres, más jóvenes, y muchas decididamente feministas, se les ha caído la careta y con su reacción, sus brutales campañas para intentar deslegitimar, desvalorizar y ridiculizar a concejalas y parlamentarias (a las que han sabido darle la vuelta con humor e inteligencia), han dejado clara su profunda convicción de que ese espacio público les pertenece (como otros hombres consideran que les pertenece la calle). Y esto tiene un nombre: es machismo, patriarcado en estado puro.

Pero ampliando el plano del debate, si consideramos la política como un instrumento de transformación, desde una perspectiva feminista la presencia de mujeres, en sí misma, no es una garantía de cambio. La historia está llena de ejemplos de mujeres que, como el manido caso de Margaret Thacher o Rita Barberá pasando por muchas otras de menor renombre, impulsan políticas y valores profundamente heteropatriarcales y neoliberales con formas de hacer política jerárquicas y autoritarias. No me resisto, por aquello de la memoria colectiva y aunque se trate de contextos políticos radicalmente distintos, a recordar a aquellas mujeres de la Sección Femenina, que durante el franquismo ejercían un enorme poder para garantizar el sometimiento y sumisión de las mujeres a los varones y al régimen.

En el panorama actual muchas mujeres incorporan otras formas de hacer política a partir de otras prácticas, más participativas, más horizontales, más relacionales, frente a las agresivas y competitivas que marca la práctica masculina hegemónica. Se explica por la socialización y la consiguiente construcción de la subjetividad particular de unas y otros. En el caso de las mujeres, más vinculada al mundo relacional por la responsabilidad asignada de los trabajos de cuidados, y en el caso de los hombres más vinculada a la realización del logro individual y su proyección en el espacio público. No es nada nuevo, tiene que ver con la dicotomía entre los espacios público y privado establecida por la modernidad. Esta permite pensar en una particular forma de aproximarse a la política de las mujeres, en otra mirada en las formas y en los contenidos, no en vano el movimiento feminista, el pasado siglo, levantó la consigna de “lo personal es político”, ampliando y disputando desde entonces (y en ello seguimos), el sentido de “lo político”.

Todo esto se refleja también, como recoge Silvia Gil, en el tipo de luchas protagonizadas mayoritariamente por mujeres: luchas en defensa de los recursos, la vivienda, en defensa de derechos humanos, del cuerpo, por otra forma de entender las relaciones libres de violencias, la democracia en el ámbito doméstico y un largo etcétera. En esta acción colectiva se destaca la potencialidad positiva que tienen los valores asociados a una “cultura subalterna” (en palabras de Giulia Adinolfi), como la sensibilidad, solidaridad, empatía, la falta de agresividad competitiva, valores opuestos al individualismo y a la competitividad del mundo capitalista. Ponen sobre el tapete lo que sería un objetivo común: un mundo en el que mujeres y hombres se liberen de esa visión fragmentada de la vida entre lo público y lo privado, la razón y la emoción, la cultura y la naturaleza.

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Un nuevo estudio vincula los “rasgos de masculinidad” con la depresión y el abuso de drogas

Publicado el 29 noviembre 2016 en General |

La investigación se basa en la relación entre la salud mental y la conformidad a 11 normas de masculinidad, que incluían el deseo de ganar, la necesidad de tener control emocional o la toma de riesgos.

A pesar de los esfuerzos para desafiar los estereotipos tradicionales, todavía se presiona a los hombres para que sean fuertes, independientes, estoicos, competitivos y rudos. Según una investigación publicada por la Asociación Americana de Psicología, estos “rasgos de masculinidad” están ligados a cuestiones de salud mental como la depresión y el abuso de sustancias.

Joel Wong, director del equipo de investigación de la Universidad Bloomington de Indiana, afirma: “En general, los individuos que se amoldan a las normas del estereotipo de masculinidad tienden a tener peor salud mental y actitudes menos favorables a la hora de pedir ayuda psicológica, aunque los resultados fueron variados dependiendo de los tipos específicos de normas de masculinidad”.

La investigación cotejó resultados de más de 70 estudios hechos en Estados Unidos que involucraron a más de 19.000 hombres a lo largo de más de 11 años. El foco estuvo puesto en la relación entre la salud mental y la conformidad a 11 normas de masculinidad, que incluían el deseo de ganar, la necesidad de tener control emocional y la toma de riesgos.

Los rasgos más vinculados a problemas de salud mental fueron el comportamiento tipo playboy o la promiscuidad sexual, aseguró Wong. Le pedimos a un grupo de hombres que nos hablen de sus experiencias de salud mental y qué opinan de este nuevo análisis.

“Por la presión de ser viril, no pedí ayuda antes”

Daniel Briggs, 44 años,  Stockton-on-Tees.

La depresión se siente como si te rodeara la neblina, que se va cerrando y no puedes ver qué tienes enfrente. Te consume por completo y no importa nada más. Veo cómo se va armando la neblina pero no puedo hacer nada para detenerla.

Sufrí de depresión durante casi una década antes de aceptar lo que me estaba pasando. Al ser un hombre, es mucho más difícil hablar de tus emociones. Fui al médico porque me obligó mi mujer. Me había estado comportando de forma errática: hablaba de suicidarme, desaparecía durante horas y ella se quedaba muy preocupada. Finalmente me diagnosticaron depresión clínica.

La presión por mantener la idea tradicional de masculinidad hizo que no pidiera ayuda antes. Soy del norte y antes trabaja en un astillero. Entre mis colegas, había una visión anticuada de lo que implica ser un hombre. No se hablaba de

sentimientos. Si estás mal por algo que no sea el resultado del partido de fútbol, eres una “nenaza”. Cuando la gente te pregunta “¿Cómo estás?” y tú respondes “Pues un poco mal”, la típica respuesta es “Podría ser peor”.

Me pasaba lo mismo con las personas mayores de mi familia, que me decían “hay que apañarse”. No te quejes ni hables de lo que te sucede. Me costó mucho poder abrirme. Incluso me costó ir a psicólogo, porque para mí hablar de sentimientos era una cosa de mujeres.

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“Al final quien tiene que decidir si abandonar o no todos los privilegios que tiene es el propio hombre”

Publicado el 28 noviembre 2016 en Los hombres ante la igualdad |

Leticia de las Heras Unai Beroiz – 22/11/ 2016. Noticias de navarra.

Pamplona– El coimpulsor del movimiento Hombres por la Igualdad ofreció ayer una conferencia en Pamplona sobre el papel de los hombres para luchar contra la violencia machista a la que acudieron unas 60 personas. Esta charla estuvo impulsada por la asociación Andrea en su compromiso por abordar junto a Lunes Lilas la responsabilidad de los hombres ante las violencias machistas.

¿Cómo nació el movimiento Hombres por la Igualdad?

-La cosa empezó con Josep Vicent Marqués, que a finales de los 70 comenzó a escribir sobre este asunto. Algunos empezamos a interesarnos por el tema y en el 85 montamos, sin saber los unos de los otros, tres grupos de hombres: uno en Pamplona, otro en Valencia y otro en Sevilla, que es el que comencé yo. Empezamos a reunirnos y a hablar sobre cómo nos sentimos los hombres ante el cambio de las mujeres. Lo que era evidente es que se nos había educado con unos modelos y una forma de ser hombres que estaban quedando desfasadas. No porque nosotros hubiésemos cambiado, sino porque las mujeres habían trasformado nuestra realidad. Teníamos que decidir si estábamos a favor de los cambios, en contra, o si nos íbamos a ir adaptando dependiendo de la presión de nuestro entorno. Este sentimiento existía en muchas partes, surgieron otros grupos y de manera espontánea comenzamos a reunirnos.

¿Qué conclusiones sacaban de aquellas primeras reuniones?

-Una de las primeras cosas de las que se toma conciencia es de que somos hijos del feminismo, surgimos por los cambios que estaban impulsando las mujeres y que nos obligan a replantearnos cómo somos. Desde el principio criticamos la misoginia y la homofobia. No entendíamos por qué teníamos que ser enemigos de otros hombres por no compartir la orientación del deseo sexual.

¿Cuándo y cómo pasáis de esta posición más pasiva al activismo social?

-Hicimos un texto al que no se dio difusión en el que nos solidarizábamos con las reivindicaciones del feminismo y del movimiento homosexual. No fue hasta la muerte de Ana Orantes en el 97 cuando el grupo de Sevilla sacamos el primer manifiesto de hombres contra la violencia ejercida contra la mujer y pusimos en circulación un lazo blanco que luego se utilizó durante años todos los 25 de noviembre. Nos dimos cuenta de que, si no decíamos nada, íbamos a mantener un silencio que nos hacía cómplices y poco a poco todos los grupos fueron dando ese paso.

¿Se han encontrado con críticas por lo que hacen?

-Claro. Cada vez menos porque está más normalizado, pero me acuerdo de que cuando empecé a hablar de estos temas lo menos que me preguntaban es si era maricón. Y eso era lo más suave, porque era un planteamiento que chocaba. El tema es en qué medida esas cosas te molestan. A mí más bien me halagaban y me animaba, porque si recibía esa respuesta es que algo bien estaba haciendo.

¿Siente en algún momento que el discurso feminista ataca a los hombres haciendo generalizaciones?

-Honestamente no conozco ninguna crítica hecha desde las mujeres que no tenga cierto fundamento, en algunos casos me puede incomodar el tono. Eso de que todos los hombres somos maltratadores en potencia, por ejemplo, no lo comparto. Todos somos machistas, pero la inmensa mayoría tenemos un límite ético que jamás traspasaremos. Hay que ser cuidadoso porque esto, en lugar de animar a los hombres al cambio, los pone a la defensiva. ¿Cómo valora el cambio que se ha producido en la sociedad?

-Cualquier hombre que se compare con su padre es muchísimo menos machista que él. Como mínimo hay que reconocer que, aunque sea machista, es una imagen suavizada del modelo del que aprendió. Pese a que es desesperantemente lento, el cambio de los hombres se está produciendo. Cada vez vemos a más que se implican con la paternidad, en lo doméstico y, aunque siguen siendo muy pocos, hay algunos que ya se implican en los cuidados de las personas dependientes.

¿Quién tiene que hacer más para combatir el machismo?

-Sin duda los hombres. El siglo XX ha sido el siglo de las mujeres, han hecho una de las revoluciones más grandes de la historia y los cadáveres los han puesto solo ellas. Han conseguido cambiar las relaciones entre mujeres y hombres en medio mundo y a nosotros nos han abierto los ojos, pero es que las mujeres, aunque quisieran, no podrían cambiarnos. Nos pueden dar ideas, pero al final quien tiene que decidir si abandonar o no todos los privilegios que tiene es el propio hombre. Depende de mí que yo no me escaquee en casa, que no tome una iniciativa unilateral en las relaciones sexuales o que no tenga una conducta prepotente cuando estoy con una mujer. También es cierto que hay algunas cosas que no dependen directamente de los hombres. Por ejemplo, si esta noche por casualidad me cruzo con una chica por una calle oscura ella va a tener miedo. Eso no depende de mí, depende de la cultura, y es tarea de los dos cambiarla para hacer que ella no tenga miedo.

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El espejismo de la igualdad: hombres que creen que comparten las tareas de la casa

Publicado el 23 noviembre 2016 en General, Los hombres ante la igualdad |

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La masculinidad según Trump

Publicado el 11 noviembre 2016 en General, Los hombres ante la igualdad |

Octavio Salazar. the huffingtonpost

Durante la campaña electoral, el New York Times dedicó varios artículos a reflexionar sobre qué modelo de masculinidad suponía el entonces candidato Donald Trump. Por ejemplo, Claire Cain Miller se preguntaba: “¿Qué están aprendiendo nuestros hijos de Donald Trump?”. Peggy Orestein describía “Cómo ser un hombre en la era de Trump”. O Susan Chira analizaba la visión del candidato sobre la masculinidad. Esta última periodista concluía que las elecciones del día 8 determinarían, entre otras muchas cuestiones, en qué versión de la masculinidad creemos o bien cuál elegimos para inventar el futuro.

Vistos los resultados parece evidente qué modelo ha sido el triunfante y, por lo tanto, qué referente se está ofreciendo al planeta en cuanto a la subjetividad masculina y a los caracteres que pueden hacerla exitosa. Tal vez sería demasiado osado afirmar que todos los hombres llevamos un Trump dentro, como en su día pensé que todos los italianos llevaban en sus adentros un Berlusconi, pero no creo que sea exagerado decir que casi todos los hombres seguimos respondiendo a unas determinadas expectativas de género que coinciden con las que, llevadas a su extremo más caricaturesco, representa el presidente electo norteamericano. Es decir, el sujeto depredador, competitivo, ambicioso, individualista, necesitado de demostrar su hombría exitosa ante sí mismo y ante sus pares, conquistador en lo económico y en lo sexual, hecho a sí mismo para elevarse hacia la verticalidad. Un sujeto que, en paralelo, tiende a cosificar a las mujeres, las convierte con frecuencia en meros objetos sexuales, las exhibe como logros heroicos y, last but not least, las domestica en los espacios donde tradicionalmente ellas se ocupan de mantener el contrato que nos permite a nosotros actuar como la parte privilegiada del pacto.

El triunfo de Trump ha sido, entre otras muchas cosas, el de una subjetividad masculina que en la última década no deja de alimentarse de un rearme patriarcal y que es la perfecta aliada de un neoliberalismo que entiende que la ley de la selva es la que mejor puede regular las oportunidades de cada cual. Por lo tanto, nuestra sorpresa no debería haber sido tan mayúscula, porque junto a otros complejos factores -la crisis de legitimidad del sistema, la incapacidad de las fuerzas progresistas para construir proyectos ilusionantes, el miedo que nos hace más vulnerables, la espectacularización de la vida política- , Trump es la representación más fiel, evidentemente llevada al extremo, del modelo androcéntrico que hoy por hoy sigue siendo hegemónico. Tal y como comprobamos cada día en las películas que se consumen masivamente en todo el mundo, en las imágenes que difunden los medios de comunicación o en las actitudes y valores que vemos que los y las adolescentes reproducen como si no hubiera otra alternativa.

Es decir, Trump es la máxima y mejor expresión de estos tiempos de neoliberalismo sexual que con tanta precisión ha analizado Ana de Miguel en su último libro. Y nos equivocamos si creemos que es una rara avis, una excepción o una singularidad de un país que es capaz de lo mejor pero también de lo peor. El presidente electo norteamericano es la prueba más evidente de una enfermedad que corroe las democracias, todas las democracias, y que tiene uno de sus virus esenciales en la prórroga de un sistema sexo/género que provoca desigualdades brutales desde el punto de vista político, económico, social y cultural. Y ese sistema que se traduce, insisto, en toda una serie de privilegios de los que gozamos mayoritariamente los hombres que formamos el establishment del patriarcado, es el núcleo de todas las situaciones de vulnerabilidad que recorren el planeta, ya que la brecha de género es la que continúa dividiendo jerárquicamente la Humanidad en dos mitades.

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“Machomáticas”

Publicado el 2 noviembre 2016 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente Acosta blog Autopsia. 29 octubre 2016

Sin duda se trata de un gran descubrimiento, algo así como la Piedra Rosetta del machismo, las claves que permiten descifrar parte de su lenguaje. Hablamos de las “Machomáticas”, el conjunto de reglas y procedimientos que utiliza el machismo para alcanzar los números exactos y las conclusiones necesarias para que todo encaje en su universo XY, desde el que poder hacer pasar una realidad por otra con la fuerza de su palabra.

El tema viene de lejos. ¿Recuerdan aquello de “…y el verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros?, pues algunos lo han seguido al pie de la letra, y desde su deidad han elaborado un sistema propio de cálculo con el que concretar lo abstracto de sus ideas en números enteros y decimales con los que cuadrar las cuentas. Y claro, como las palabras tienen sinónimos, estos hombres tan divinos, en su omnipotencia y omnipresencia, no se han cortado un pelo para dar también “sinónimos” a los números en ese lenguaje “machomático”.

Podría parecer algo imposible, pero no lo es. Hay que recordar que el poder del machismo se concentra en dos grandes elementos; por una parte, en la capacidad de condicionar la realidad para que las cosas sean como tienen que ser según el orden, las ideas y valores que ellos han decidido que deben actuar como referencia. Y por otra, en la capacidad de dar significado a la realidad, especialmente cuando se aparta de su modelo, que es cuando podría ser cuestionada. Por ejemplo, cuando un hombre agrede a otro hombre es una agresión, pero cuando un hombre agrede a la mujer con la que mantiene una relación es un asunto privado y algo normal, a no ser que el resultado sea especialmente grave. Y cuando se produce ese resultado y las consecuencias traspasan el umbral de la normalidad, pues recurren a otro significado, y si el hombres es un anciano dicen que se le fue la cabeza, si es un joven fue por celos, y si se trata de un hombre adulto comentan que fue por el alcohol consumido. De ese modo la violencia de género no existe, y cuando se comprueba que sí existe y que está presente como parte de las relaciones, se dice que no es así, que es producto de determinadas circunstancias que afectan a algunos hombres o, incluso, de la provocación de la mujer, del famoso “algo habrá hecho”.

Y ese significado está construido sobre el valor de la palabra de los hombres, de esa capacidad de crear realidades sólo con pronunciarlas o de borrarlas al silenciarlas. La palabra de los hombres se convierte así en el instrumento más poderoso del machismo, y por ello la idea de “palabra de hombre” o de un “hombre de palabra” se presenta como referencia del valor de una cultura patriarcal asentada en esa combinación “hombre-palabra” hecha voz. Y para darle un reconocimiento añadido, la propia cultura no sólo le quita ese significado a la palabra de las mujeres, sino que es presentada como lo contrario, como algo falso, pasajero e interesado, cuando no directamente dirigida contra ellos, como recogen algunas expresiones que tanto me repetían los maltratadores cuando actuaba como médico forense: “sí, yo le he pegado… pero es que mi mujer se empeña en llevarme la contraria”.

Todo forma parte de las combinaciones y significados que han instaurado como claves para que la realidad tenga sentido y sea armónica con su concepción de modelo de sociedad. Por ello utiliza la fuerza y su influencia a través de la capacidad de darle significado para presentarse como merecedores de su superioridad al hacer creer que “tener razón” es ser inteligente. Y para conseguirlo imponen su razonamiento a través de la violencia (explícita o como amenaza), y concluyen que son muy inteligentes al ver que todo el mundo asiente ante sus posiciones. Por eso luego se producen tantas sorpresas cuando algunos destapan el “tarro de las esencias” y no sale nada.

Pero esa construcción, como tantas otras, es falaz. Ya lo expresó Don Miguel de Unamuno con aquello del “vencer y el convencer”; el machismo podrá vencer con la violencia e influir con su poder, pero no convencer con la razón que no tiene.

Y en su desesperación han llegado a los números y a las “machomáticas” para intentar callar las palabras que los cuestionan, de ahí que hayan inventado un lenguaje particular a base de cifras para que luego las letras les sigan dando la razón. Es una lengua muerta que ni siquiera ellos entienden, pero la presentan como una divinidad, como algo en lo que necesitan creer para darle sentido y trascendencia a unas vidas construidas sobre la mentira del machismo.

Y al margen de sus cálculos y de sus cuentas, como decía antes, han cambiado la literatura por la aritmética para darle sinónimos a los números y, de ese modo, convertir esas cuentas en cuentos. Así, por ejemplo, para el 0’014% de las denuncias falsas utiliza el sinónimo del 80%, y cuando hablan de que este tipo de denuncias representan el 80% en verdad no están mintiendo, sólo que aplican un sinónimo. Otro ejemplo, al hablar de hombres asesinados por sus parejas dicen que cada uno de estos últimos años han matado a 30, cuando los datos del CGPJ hablan de cifras entre 4 y 8, pero no debemos entender sus palabras como una falacia, tan sólo que han aplicado otro sinónimo numérico dentro de su lenguaje “machomático”. Es algo similar a cuando hablan de que se producen más de 8000 suicidios de hombres por “divorcios abusivos”, a pesar de que el número total de suicidios masculinos está alrededor de 3500; no piensen que es un intento de manipular, nada de eso, es otro sinónimo dentro de su literatura aritmética que convierte las cuentas en cuentos.

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“Hemos sido educados para despreciar a las mujeres”

Publicado el 27 octubre 2016 en General |

Marcela Lagarde: Antropóloga, especialista en temas de género
Carmen Quintela Babio y Daniel Villatoro García entrevista.

Marcela Lagarde consigue explicar décadas de esfuerzo feminista con serenidad y paciencia. La supresión del sistema patriarcal y la construcción de una ideología igualitaria han sido los principios que Lagarde ha defendido como política y como activista.

La investigadora mexicana entró  al Congreso de la Unión como diputada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD)  en 2003 con un objetivo: tipificar el delito de feminicidio. Y lo logró. Durante tres años y como presidenta de la Comisión Especial de Feminicidio de la Cámara de Diputados de México, luchó para lograr consensos y convencer a los legisladores más reaccionarios de la necesidad de unirse en defensa de los derechos de las mujeres.

Lagarde acuñó el término feminicidio para describir las muertes violentas de las mujeres en Ciudad de Juárez, promovió los cambios necesarios para la investigación de este delito en México y fue perito ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos en un caso relacionado al tema. Considerada una de las principales referentes del feminismo en Latinoamérica, las publicaciones de Marcela Lagarde versan sobre los roles sociales, la sexualidad, el trabajo y otros temas en la línea de los estudios de género, tanto en el ámbito político como en aquellos más cotidianos. En Los cautiverios de las mujeres, su libro más conocido,  analiza aquellos espacios en los que las mujeres sobreviven a pesar de la opresión cultural del patriarcado.

Cuando usted ingresó como diputada en 2003, de los 500 legisladores que integraban el Congreso de la Unión, sólo el 22% eran mujeres. ¿Costó introducir temas feministas, con esa minoría?

No. (Responde convencida) No, no me costó. Éramos una minoría, pero yo llegué al Congreso para hacer política feminista. El partido con el que fui, el de la Revolución Democrática, me propuso ir en su lista precisamente por ser feminista, por ser académica, por ser mujer. Varias condiciones que en otro momento hubieran sido imposibles. El grupo parlamentario del PRD me apoyó en todo, siempre. Todos los diputados y diputadas estuvieron siempre acompañando lo que propusimos, no sólo el grupo parlamentario del PRD, también otras personas de otros partidos. Logré un consenso pluripartidista, y eso me dio mucha fuerza. La gente sabía a qué me dedico, sabía que yo estaba ahí en un momento grave. Grave porque yo fui con la propuesta de agenda política de lograr la tipificación del delito de feminicidio. El tema estaba en la prensa desde hacía varios años, y yo ya lo había denominado feminicidio en Ciudad Juárez. Las feministas llevamos muchos años trabajando y nos movemos en muchos espacios. Tenemos mucho reconocimiento y aunque no somos millones, hemos logrado incidencia política. Y en el caso de la violencia contra la mujer, era tan terrible, que yo pienso que era necesario dar una respuesta positiva, no sólo de persecución, de más violencia sobre la violencia, sino como lo producimos nosotros. Yo creé la Comisión Especial de Feminicidio de la Cámara de Diputados y fui la presidenta los tres años. Estaba formada por diputadas y diputados de todos los partidos políticos. La mayor parte eran ausentistas, como siempre. Pero algunos sí iban y me arropaban mucho. Eso me dio mucha fuerza para ir a los estados del país, donde había detectado feminicidio, a presentar una investigación que hice, a decir: esto es lo que está pasando aquí, y eso no puede ser. Pero claro, yo era diputada, y me tenían que oír.

¿Qué supuso para México la aprobación de la paridad política hace dos años?

¿Te imaginas? (sonríe). Desde que yo me acuerdo, hemos hecho política en minoría, siempre. Siempre. Aunque, numéricamente, las mujeres hayamos sido muchas veces mayoría, en cuanto a derechos políticos, en cuanto a participación política, a ocupación de espacios políticos, liderazgos institucionales, ha habido una gran desigualdad. Fuimos creando la conciencia entre nosotras de que teníamos que trabajar por la igualdad en serio. La igualdad sustantiva, la igualdad real entre mujeres y hombres. Y finalmente vimos la paridad.   Para eso, creamos una red nacional que se llama Mujeres en Plural, que es formidable. Estamos ahí mujeres de diversos partidos, mujeres sin partido, y decidimos asociarnos por la igualdad. Ha sido maravillosa esa red, porque hemos podido trabajar uniéndonos en lo que estamos de acuerdo, que es lograr la igualdad, la paridad numérica, cambiar la ley electoral, llevar a la Constitución el principio de igualdad. Y lo logramos. A los días de aprobarse, se nombra un grupo de trabajo que va a trabajar sobre la constitución de la Ciudad de México. La Ciudad de México es progresista, tiene 20 años gobernada por la izquierda y hemos avanzado muchísimo en el derecho de género, en el empoderamiento de las mujeres, el derecho a decidir pleno, muchas cosas. Pero se nombra este grupo para hacer un borrador, y es un grupo que no es paritario. Es increíble. Logras eso, y en un proceso de creación de una nueva constitución, no se aplica el principio de paridad en el grupo de trabajo.

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Pilar del Río “Los hombres deben romper las reglas que les hacen esclavos pese a creerse que son libres”

Publicado el 24 octubre 2016 en General, Violencia machista |

Olivia Carballar La marea.com

“Voy a proponer algo que quizá pueda parecer un poquito raro y que es sencillamente lo siguiente: que en toda España, por no decir en toda la Península Ibérica, en toda Europa o en todo el mundo, se organicen manifestaciones de hombres, sólo de hombres. Las mujeres se quedarán en las calles, en las aceras, aplaudiendo el paso de los hombres. Manifestaciones de hombres, sólo de hombres, protestando contra esa infamia que es el maltrato a la mujer”. Era 2005. Zapatero aún tenía el pelo negro. Chaves era presidente de la Junta de Andalucía y hacía apenas dos años que se habían comenzado a publicar estadísticas oficiales de los asesinatos machistas. Las palabras de José Saramago en un acto en Granada ante los dos dirigentes políticos fueron recibidas con aplausos. “Ojalá, ojalá”, concluyó el Premio Nobel de Literatura.

Un año más tarde, el 21 de octubre de 2006, un grupo de hombres de Sevilla, unidos en el Foro de hombres por la igualdad, convocó lo que parecía una utopía y, desde entonces, las manifestaciones que propuso Saramago se han ido sucediendo hasta este mismo 21 de octubre. Este año, el colectivo entrega su Reconocimiento Hombre por la Igualdad al escritor portugués. La Marea conversa con la presidenta de la Fundación Saramago, Pilar del Río, momentos antes de la recogida del premio y de la manifestación en Sevilla.

¿Por qué los hombres matan a las mujeres?

Matan, y antes maltratan, por mala educación, porque se creen hegemónicos, porque no entienden lo que es respeto ni humanidad. Porque son víctimas de una educación patriarcal, machistas y delincuentes y no lo saben. Ellos deben romper las reglas que les hacen esclavos pese a creerse que son libres. Tienen que comenzar a andar.

¿Por qué siguen sucediendo casos como el de Olivares, en el que una mujer con denuncia ha sido asesinada?

Porque la sociedad todavía no es consciente de la aberración que es la desigualdad. Por eso hay impunidad. ¿Nadie ve nada? ¿Hubo barreras entre la mujer-víctima y la pareja-agresora? Creo que no. Todos tenemos que reflexionar.

Los colectivos que trabajan en violencia de género denuncian que muchos errores se cometen por la nula formación de jueces y policías. ¿Pero están formados los profesores y profesoras que educan en los colegios? ¿Cómo se combate la desigualdad en una familia cuyo padre -y puede que incluso la madre- sea machista?

Están formados para seguir reproduciendo la educación patriarcal y machista. Siglos y siglos de historia, de humillación, de considerar inferiores a las mujeres, indignas, culturas religiosas afectas con las mujeres -qué manía tienen todas con taparnos y hacernos “puras”- es difícil de combatir. Pero ya es hora, así que a la calle. Hay que ocupar espacios cueste lo que cueste.

¿Por qué no se termina de entender que un crimen machista es un crimen machista y no un suceso más? El Ayuntamiento de Frigiliana llegó a homenajear a la vez a la víctima y al asesino. Y el de Olivares calificó a la mujer de “heroína que sufre en silencio”.

Una de las cosas más preocupantes que han pasado en España en los últimos tiempos es que retiraran Educación para la Ciudadanía. Sin personas con conciencia de serlo, es decir, seres humanos libres para intervenir y tomar decisiones, difícilmente dejará de ser una anécdota un crimen machista. Hace falta pensar para situarse en la apabullante dimensión de la realidad. Los crímenes son los dolorosos síntomas de la insoportable enfermedad que padecemos.

¿Por qué no se hace de una vez por todas un pacto de Estado contra la violencia machista?

Porque tendríamos que ser conscientes de la la gravedad del problema y eso el poder no lo permite. Miremos el poder: es masculino. Desde la iglesia, o las iglesias, a la banda, multinacionales y gobiernos. Busquemos las fotos. Las religiones ayudan al poder y conforman la sociedad. Y nos dicen que hay que resignarse: “Es la cruz que Dios te ha dado, hija, llévala con dignidad”…

¿Por qué es posible en pleno siglo XXI que Donald Trump sea candidato a presidir EEUU?

Es posible, es patético. Y no es el único, miremos otros países, Putin, los gemelos [en Polonia], Berlusconi… La política no es lo que pensamos.

Usted considera que no se puede ser no feminista. ¿Por qué el término feminismo sigue tan denostado?

Porque los tipos del poder explican el feminismo como les interesa. O tal vez están tan enfermos que ya no entienden los conceptos de respeto e igualdad. Hacen caricaturas sin darse cuanta de que quien pare caricaturas es porque es una caricatura en sí mismo, una caricatura sin belleza e inteligencia.

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