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Concienciación, participación e implicación de los hombres en pro de la igualdad de mujeres y hombres

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La I está empezando a salir del armari

Publicado el 19 mayo 2018 en Diversidad sexual |

Ilustración: V. Rico

Mer Gómez. Pikara Magazine

Dinamizamos un diálogo entre cinco mujeres intersexuales, sobre su forma de vivir el género y la sexualidad, la relación con sus cuerpos, con el feminismo y con el movimiento LGTBI. Apelan a la responsabilidad colectiva para seguir creando nuevos imaginarios que hagan visibles otros cuerpos y otras formas de ser posibles.

Protagonistas: Trece tiene 29 años, vive en Bilbao y es trabajadora social. Cristina, un año mayor, es de Tarragona y trabaja como actriz. Lola tiene 26 años y es periodista en Bilbao. Lilith, estudiante de 21 años, valenciana. Violeta, a sus 38 años, es química en Madrid.

Empezaré por dónde me han sugerido, por la definición de la I. De esa I que siempre estuvo pero que va sintiéndose cada vez más libre para ir saliendo del armario. Así que seguiré las instrucciones de Violeta, una de las entrevistadas, y expondré la definición que incluye el blog mexicano Brújula Intersexual. Las intersexualidades (en plural) se utilizan como término para nombrar a una variedad de situaciones del cuerpo, en las cuales una persona nace con una anatomía reproductiva o sexual —genitales, gónadas, niveles hormonales, o cromosomas— que no parece encajar en las definiciones típicas de cuerpos masculinos o femeninos. Será precisamente bajo este concepto donde se reconocen las protagonistas del reportaje: Trece, Cristina, Lola, Lilith, y Violeta. Hoy han querido poner palabras a su silencio para mostrarse libres y diversas en un espacio que las hace posibles. Se han atrevido a tomar la palabra como personas intersex y a convertirse en sujetos generadores de sus propios discursos. Estas cinco valientas abren la caja de pandora y nos hablan sobre su identidad, sus prácticas sexuales, sus necesidades, sus cuestionamientos y su relación con las categorías impuestas. En este caso, me referiré a ellas en femenino por petición de las cinco entrevistadas que se identifican como mujeres y como feministas «en proceso de deconstrucción constante». Aún así, también veíamos en el artículo Soy Lola y soy intersexual que hay múltiples identidades dentro del colectivo intersex.

Tras compartir inquietudes y debates interesantísimos en un grupo de Whatsapp comenzamos reflexionando juntas sobre los encuentros y desencuentros que se han dado a lo largo de su trayectoria vital con las categorías establecidas. Violeta —practica la meditación para encontrarse y canta boleros, a solas, en el ascensor— nos dice cómo el patriarcado y la influencia de la religión católica en nuestra sociedad le han hecho sentirse mujer de tercera división. A su vez, Cristina —reservada por derecho, activista por cojones (los que le extirparon)— habla de cómo vivió la pubertad: Cuando no me bajaba la regla, y al enterarme que era XY, que tenía una vagina ciega, y testículos feminizantes internos, se produjo un cortocircuito en mi cerebro: ¿Qué soy? ¿Qué farsa es ésta? ¿Qué van a pensar los demás? No me sentía digna de ser mujer ni de presentarme como tal. Este sentimiento lo comparten sus compañeras que, como en el caso de Cristina, fueron socializadas desde el nacimiento como mujeres y para las que el silencio fue su principal arma de resistencia. Lola —alma vieja y creadora intermitente de artículos— nos dice: “Imagínate que te diagnostican un síndrome, que siempre tuviste y que muy pocas personas tienen, te extirpan una gónada por miedo a que se genere un tumor y te dicen que no tienes útero, ni ovarios, ni tendrás la regla, ni eres fértil. Catorce años. Gestiónalo. Y sigue Trece —feminista, comunista y feliz—: “Al principio mi percepción del cuerpo era incompleta, no encajaba, las cicatrices tras las operaciones no ayudaban, no me consideraba una mujer real y en mi familia se normalizó como un tabú, mediante el silencio. Por su parte, Lilith —feminazi, piscis, y le encanta bailar (sobre todo tango)— también subraya esos silencios y afirma que, aunque en términos binarios se identifica como mujer, “tenemos que seguir trabajándonos lo queer para dejar atrás el dualismo sexual excluyente y los roles de género”.

Sexo, género, sexualidad

La sexualidad ha sido para ellas un tema tabú que mencionan cada vez que comparten experiencias. Ahora, como nos dicen Trece y Lilith, lo ven como algo líquido “que va fluctuando, que va cambiando” pero, aún así, la imposición de la heterosexualidad normativa a la hora de tener prácticas sexuales ha marcado sus cuerpos y la manera de construir sus relaciones. Trece se reafirma como bisexual pero se siente más libre teniendo relaciones bolleras: Aunque me hubiese gustado experimentar con hombres sexualmente, sé que tengo un conflicto hacia la forma fálica y la penetración debido al uso de los dilatadores impuestos tras la vaginoplastia. Lola se siente identificada con las palabras de Trece por haber sido sometida también a un aumento de la cavidad vaginal, y afirma que a pesar de haber disfrutado de prácticas con penetración placenteras, apuesta firmemente por otras alternativas sexuales y de autoerotismo. Aunque a Lilith su dificultad para tener penetración le llevó en la adolescencia a sentirse “la frígida, la estrecha, la infollable, con relaciones sexuales de segunda”, también le ayudó a descubrir una vida sexual más rica y otras formas de tener orgasmos; “es importante autoexaminarse, autocoñocerse, saber qué deseamos en nuestras relaciones”.

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#ProbablyAllMen

Publicado el 15 mayo 2018 en Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Hernán Piñera | Exit | Creative Commons

Por: Un tío cishetero cualquiera. Pikara magazine

Vaya por delante que este texto va dirigido principalmente a los hombres cisheterosexuales (y está escrito por uno) y por ello uso en general el masculino en plural o singular. Igualmente cuando hablo de hombres es a ese colectivo al que hago referencia (y en el que voy incluido). Al lío.

–  Nunca he escrito un texto público, considero que hay gente que lo hace infinitamente mejor que yo y ya está bastante saturada la red con el ruido de miles de voces como para sumar a ese galimatías mis gruñidos. Pero con el tema de la “Manada” he querido añadir mi granito de arena a la avalancha de artículos de opinión que han salido estos días.

Y lo hago porque he leído y/o escuchado muchas opiniones masculinas. Todas ellas críticas, ya sea con la justicia y los jueces, los violadores en sí, su abogado, sus novias, el patriarcado, el gobierno, la sociedad en general, la pornografía, etc.

Pero de todas esas críticas henchidas de indignación, echo en falta la más importante; la autocrítica.

– Como decía, en esos artículos hay mucho de rasgarse las vestiduras ante la absurdez de la sentencia, criticando en especial la interpretación aberrante de los hechos que ha hecho uno de los jueces.

Sinceramente, en el país donde se condena a raperos y tiriteros pero la justicia no es capaz de dilucidar quién es un tal M.Rajoy, y donde las leyes están hechas mayoritariamente por hombres, interpretadas por hombres y ejecutadas por hombres todos ellos normalmente elegidos por otros hombres, pues parece poco probable que haya una especial sensibilidad en la judicatura por los casos de violencia sexual contra la mujer.

Pero aunque incluso se les hubiera condenado a la pena máxima o haciendo un ejercicio de fantasía, a cadena perpetua o pena de muerte. ¿Qué cambiaría exactamente eso?

Algunos dicen que con penas más duras los violadores se lo pensarían dos veces antes de cometer actos tan atroces. Pero probablemente ni los de la manada ni casi ninguno de los acusados de las más de mil violaciones denunciadas cada año en España se reconozcan como tal.

Prueba de ello son los numerosos vídeos que grabaron, que lo comentaran alegremente en un chat grupal y que siguieran de fiesta tranquilamente hasta poco antes de su detención. Probablemente el día que les dijeron de que les acusaban, pondrían cara de sorpresa pensando que exageraban, que eso no era una violación, que fue una orgía un poco desmadrada pero poco más. Que la chica lo quería, que les había acompañado, que se había besado con uno de ellos, que no dijo que no, ni hizo amago alguno por impedirlo.

Y a día de hoy seguramente sigan pensándolo, que están en la cárcel por una despechada, una loca de esas que denuncian falsamente.

– Comentaba al principio del artículo que he echado en falta autocrítica en las opiniones que he leído estos días. Todo el mundo hemos trazado una línea divisoria clara entre lo normal y lo monstruoso, lo aberrante, lo inhumano. Nos hemos posicionado en el lado correcto de esta línea y puesto a los miembros de la manada en el otro lugar. Nos hemos lavado las manos de esta agresión y nos hemos regocijado al ver el cabreo casi unánime que ha generado esto. Ha quedado claro que estos no son hombres, son bestias, animales, monstruos a exterminar, nada remotamente humano y nada masculino tampoco. Nos hemos quedado a gusto al poner la mayor distancia entre ellos y nosotros, porque reconocer que hubiera algo que nos uniera aunque fuera remotamente a ellos sería muy jodido de reconocer.

Ninguno nos reconocemos en ellos, no nos reconocemos en sus actos ni en sus palabras. No seriamos capaces de meter a una mujer en un sitio oscuro y forzarla contra su voluntad. Las mujeres no son objetos para nosotros, no son trozos de carne, no las vemos así. No le levantaríamos la mano a ninguna. Así que todo en orden.

El mundo y la sociedad son machistas, podemos reconocerlo sin mayor problema, pero nosotros no, a nosotros eso no nos afecta, nos resbala. Tenemos una especie de campo de fuerza feminista que impide que pase cualquier mierda machista. Hemos crecido en este mundo, pero de alguna manera hemos crecido perfectos sin que nos pringue nada. Casi se diría que somos ángeles inmaculados.

¿Pero si echamos la vista atrás y miramos nuestras relaciones con las mujeres (sexuales o no) qué veríamos?

¿Hemos buscado siempre el consentimiento activo de nuestras parejas o ligues a la hora de tener sexo o nos conformamos si no se niegan de alguna manera?

¿Hablamos en la cama de lo que nos gustaría hacer o que nos hicieran, o alguna vez o varias hemos ido probando hasta que nos han dicho que no, que eso no?

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«¿Cómo vamos a acabar con el machismo sin intentar cambiar a los hombres?»

Publicado el 11 mayo 2018 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

Juan luis Pavón . El Correo de Andalucía

“A mí me ha salvado y me ha perdido el hecho de no haber dejado de ser nunca un militante, sin adscripción política de un partido u otro, porque eso ha hecho que no me calle nunca nada. Aunque me cueste perder el trabajo e impedirme ganar dinero”. Los 66 años de biografía de José Angel Lozoya son un enorme cúmulo de experiencias donde percuten entre sí legalidad y moralidad, política y justicia. Los desequilibrios entre hombres y mujeres en nuestra sociedad, dentro y fuera del sexo, son el tema de máxima actualidad y controversia en las últimas semanas, por el caso de los cinco sevillanos conocidos como ‘La Manada’. La polémica sobre el machismo en España se ha convertido en noticia de alcance internacional. Y fue en Sevilla, con José Angel Lozoya, donde se pensó por vez primera en articular un Foro de Hombres por la Igualdad.

Nació en Valencia en 1951. Fue el segundo de los ocho hijos en una familia cuya madre era modista y su padre guardia civil, como quinta generación familiar con tricornio. Había entrado con 14 años, justo al terminar la guerra incivil donde su padre murió. Y en 1942, otro agente de más edad le desveló que su madre no le había dicho la verdad cuando quiso protegerlo del hambre y la represión: no lo habían matado los ‘rojos’ sino que lo habían fusilado los sublevados franquistas. Pedro Lozoya Cué, con 18 años, decidió darse de baja y dedicarse a la lucha contra la dictadura, tanto en la clandestinidad sindical, que le supuso múltiples despidos y periodos en prisión, como después desde el exilio en Holanda. Fue de los impulsores de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) desde España y de UGT desde el exilio. Tras la muerte de Franco, fue amnistiado, readmitido en la empresa de los tranvías y autobuses de Valencia, y presidió su fundación. Durante el golpe del 23-F en 1981, Milans del Bosch ordenó poner un tanque delante de la ventana de su despacho.

Nuestro entrevistado, José Ángel Lozoya, vivió una infancia de familia felizmente unida ante la adversidad, afrontando noches sin nada que comer. Su primer trabajo, en 1966, fue de botones en un banco. Tenía 14 años y a los pocos meses se fueron al exilio, afincándose en la ciudad holandesa de Dordrecht, entre Rotterdam y Breda. Cuando cumplió 15 años, entró en la escuela de aprendices de una factoría metalúrgica. Así comenzó a ganarse la vida, logró en esa empresa el rango de oficial de primera ajustador-montador. Aprendió rápido la lengua neerlandesa, ayudó como intérprete a muchos emigrantes españoles y comenzó su actividad política desde las Juventudes Socialistas en el exilio.En Francia conoció a jóvenes socialistas diez años mayores que él como Felipe González.Ya emancipado de sus padres, regresó a España en 1971 y creó en Valencia, trabajando en fábricas del metal, la estructura clandestina del PSOE y de UGT, que era inexistente.

La primera vez que estuvo en Sevilla fue en enero de 1972. La televisión holandesa le localizó para ofrecerle trabajar como intérprete de un equipo del programa de investigación ‘Tras lo nuevo’. Querían viajar por España de modo secreto para hacer dos reportajes: sobre el giro progresista de la Iglesia española con el cardenal Tarancón al frente, y sobre la dimensión del PSOE como fuerza política dentro del país. Hicieron muchas entrevistas, por un lado a teólogos como José María González Ruiz, y al cura obrero de una parroquia de las ‘casitas bajas’ erigidas para los damnificados por la riada del Tamarguillo en 1961, que también ejercía de corrector en ‘El Correo de Andalucía’. Por otro lado, a dirigentes del partido como Felipe González, Pablo Castellano o Enrique Múgica. Tras la emisión del programa en Holanda, sufrió su primera detención en Valencia y su primer juicio ante el Tribunal de Orden Público.

Participó en 1974 como delegado de Valencia en el Congreso que en Suresnes (Francia) propició el relevo generacional en el PSOE, asumiendo el control González, Guerra, etc. Pero, disconforme con su decisión de introducir directamente para mandar en el partido en Valencia al jurista José Luis Albiñana, fue depurado por el comité ejecutivo. Antes de morir Franco en 1975, José Angel Lozoya pasó a ser militante de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). Durante los años de Transición, entraron en contacto con él amigas feministas que abogaban por el derecho al aborto y por llevarlo a cabo de modo clandestino. En 1979, le pidieron su piso para meter mujeres y practicarles los abortos. Sin miedo a ser condenado a seis años de cárcel por su complicidad, se implicó más y aprendió a hacerlos, y se convirtió en su modo de tener ingresos.

Desde enero de 1980 vive en Sevilla. Con dos malagueñas de dicho grupo alquiló una vivienda en la calle Mateos Gago y la acondicionaron para practicar en ella los abortos, tres al día. Se llamaba Centro de Planificación Familiar Los Naranjos. Era ilegal y cada vez menos clandestino. Hablaron en Sevilla con casi todos los partidos políticos y sindicatos, y con numerosos foros culturales y sociales, sobre lo que hacían. Acudían de incógnito mujeres desde toda España. Llegó a estar dada de alta en el Colegio de Médicos a través del ginecólogo Manuel Vergara. Tenían apoyo del Hospital Policlínico y de miembros de la cátedra de Ginecología de la Universidad de Sevilla. Publicaban una revista mensual. En octubre de 1980, él y su grupo fueron detenidos por la Policía. Hasta 1989 no se celebró el juicio. Habían cambiado los gobiernos y las leyes, pero no había efecto retroactivo. En primera instancia fueron condenados a cuatro años de cárcel, después el Tribunal Supremo rebajó la pena a un año, y, aunque ya con esa sanción no iban a entrar en prisión, el Consejo de Ministros les indultó.

 

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La sentencia, el fallo y la falla

Publicado el 7 mayo 2018 en Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente Acosta. Blog Autopsia.

El fallo de la sentencia de “la manada” tiene una falla, pues la distancia entre los hechos probados y el contenido del fallo resulta ser una falla aún más grande que la de San Andrés.

Y no es un problema aislado. En general, cuando se trata de violencia de género, y de manera muy especial ante la violencia sexual, se sigue un proceso y unas dinámicas que su mera repetición ya debería de encender todas las alarmas para modificar los procedimientos y acompañarlos de las reformas legales necesarias para hacerlos efectivos. Los pasos que habitualmente se siguen  en estos casos, y que también se han dado en el de “la manada”, suelen ser lo siguientes:

  1. Lo primero es poner en duda la palabra de la mujer que denuncia la violencia sexual, da igual el estado en que llegue, o tiene lesiones físicas evidentes o su credibilidad sobre los hechos es cuestionada. Y si tiene lesiones físicas lo primero que hacen es comprobar la compatibilidad con lo que cuenta. Es decir, no se parte de la credibilidad, como sí se hace cuando alguien denuncia un robo, o como cuando un hombre denuncia que lo han agredido. Y para cuestionar la palabra de la mujer y argumentar que es una denuncia falsa se recurren a las ideas más peregrinas, como dar por hecho de que se trata de chicas jóvenes que llegan tarde a casa y para que el padre no les eche la bronca dicen que “las han violado”. En el caso de “la manada” también han recurrido a este tipo de argumentos  al justificar la denuncia falsa para obtener pronto la “píldora del día después” o para evitar que difundieran los videos grabados.
  2. Cuando “no queda más remedio” que reconocer los hechos y aceptar que hay indicios de violencia sexual, entonces se empieza a juzgar el papel de la mujer en la precipitación de lo ocurrido bajo la idea de la provocación, la incitación, no haber puesto límites de manera clara… En más de 20 años como Médico Forense, en todas las agresiones sexuales que he tenido que investigar y estudiar, el agresor reconoció haber mantenido relaciones sexuales con la víctima, pero con su consentimiento. Sólo en un caso dijo que no lo había hecho y fue descubierto mediante el análisis del ADN, en todos los demás había una aceptación de la relación y ausencia de lesiones importantes, puesto que el elemento más frecuente utilizado para llevarlas a cabo fue la intimidación. En los hechos denunciados en los sanfermines de 2015 gran parte de los argumentos de la defensa y el voto particular giran alrededor de la idea de la participación voluntaria de la víctima y de que todo fue bajo su consentimiento y “regocijo”.
  3. Una vez que se aceptan los hechos y que la víctima no ha tenido nada que ver en su precipitación, se cuestiona la trascendencia de lo ocurrido y su gravedad a partir de la conducta y comportamiento de la mujer conforme pasa el tiempo sobre lo sucedido. La recuperación de la víctima es entendida como ausencia de gravedad y trascendencia. También lo hemos visto en el caso de “la manada” en el seguimiento que se le hizo a la víctima y el cuestionamiento de su vida.
  4. El impacto y el daño psicológico no se considera adecuadamente. Se trata de la consecuencia más frecuente y grave de una violación, hasta el punto de que los trabajos clásicos de Burguess y Holstrom (1979) lo describieron como el “síndrome del trauma de la violación”, un cuadro de estrés postraumático con unas consecuencias tan graves que al mes siguiente lleva al suicidio de las víctimas entre el 3-27% de los casos según el contexto, tal y como desde 1985 recogen los trabajos científicos, entre ellos los de Kilpatrick y su equipo. Nada nuevo, como se aprecia, sin embargo, cuesta mucho trabajo que se acepte y valore adecuadamente ese daño psíquico, y se recurre a cualquier argumento para justificar la presencia de una consecuencia psicológica, puesto que esta no se puede negar, pero quitándole todo su significado con apreciaciones incoherentes e insostenibles. Es como decir que una víctima tiene una herida por arma de fuego, y el Tribunal dijera que, efectivamente, tiene “una herida”, pero porque tropezó y se cayó. Y es cierto que una caída puede ocasionar una herida, pero para tener una herida por arma de fuego tiene que haber sufrido un disparo, no una caída. Esto es lo que ha sucedido con al sentencia de “la manada” cuando el cuadro de estrés postraumático se intenta explicar por el “arrepentimiento” de haber mantenido relaciones sexuales con cinco hombres, o por miedo a que salieran las imágenes grabadas. No puede haber resultado sin causa, ni causa que lleve a un resultado distinto a sus características.
  5. Y cuando al final se acepta la denuncia, se cree a la víctima, el cuestionamiento que se hace de ella no logra restarle trascendencia a lo ocurrido, y se aceptan las consecuencias que ha producido la violencia sobre ella, la valoración que se hace sobre su significado no se corresponde con todo lo previamente reconocido, tal y como hemos visto en la sentencia de “la manada”, pero también en otras. Es lo que recogía la información de El País sobre una sentencia del Tribunal Supremo confirmando la de la Audiencia Provincial de Valladolid, en su artículo “Si te violo siempre, es como si nunca lo hubiera hecho”(13-5-13), donde los hechos probados recogen que se tratade “un alcohólico muy violento, y que a ella no le quedaba más remedio que acceder a sus peticiones sexuales, en contra de su voluntad”, pero no lo condena por la habitualidad de la conducta. Mantener relaciones sexuales en contra de la voluntad bajo la intimidación de la violencia es violación, y si lo hace muchas veces son muchas violaciones, no ninguna.

 

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Todos somos parte de ‘la manada’

Publicado el 30 abril 2018 en Los hombres ante la igualdad, Violencia contra las mujeres, Violencia machista |

Octavio Salazar el diario.es

Todos nosotros, varones que desde que nacemos somos educados para el privilegio, formamos parte de ese orden que nos ofrece tantos dividendos.

Es por tanto responsabilidad nuestra desvincularnos de la manada, iniciar un proceso de reconstrucción personal y convertirnos en agentes para la igualdad.

Desde el pasado jueves ya se ha dicho prácticamente todo con relación al injustificable y vergonzante fallo del caso de ‘la manada’. Hemos compartido en las calles y en las redes sociales el estupor y la indignación. Se hicieron análisis de urgencia, pero también, posteriormente, lecturas mucho más reposadas sobre lo que inicialmente nos pareció una barbaridad y, después, leídos los más de trescientos folios, se confirmó como una auténtica provocación que ha suscitado malestar incluso entre quienes en otras ocasiones no se han posicionado precisamente a favor de las vindicaciones feministas.

Se han hecho muchos y certeros diagnósticos, y también propuestas como las que, no sé si en un alarde de oportunismo, se hacía desde el Gobierno para revisar la tipificación de los delitos contra la libertad sexual. No seré yo quien ponga en duda dicha necesidad, pero no creo que la redacción de la norma sea el meollo de un asunto en el que, en definitiva, se nos ha vuelto a demostrar con toda su crudeza que la cultura machista está bien presente y recorre transversalmente todos los ámbitos de nuestra convivencia, incluidos aquellos que supone que existen para garantizar nuestros derechos fundamentales. A lo que habría que sumar, por supuesto, que no creo que el recurso al Derecho Penal sea la mejor herramienta en una sociedad democrática avanzada. Más bien las políticas sancionadoras son la expresión más rotunda del fracaso de unas reglas del juego que deberían basarse en la exquisita garantía de la dignidad de todas y de todos, además de que suelen ser el recurso más obvio para quienes no tienen más programa político que jugar de manera populista con las emociones de la ciudadanía.

Pienso que seguiremos equivocando el diagnóstico y, por lo tanto, errando las propuestas transformadoras si no ponemos el foco justamente en un modelo de construcción de lo masculino que se proyecta en todo nuestro orden de convivencia y que, por supuesto, tiene una de sus más terribles expresiones en cómo desde la virilidad hegemónica se conciben a las mujeres, a sus cuerpos y, por supuesto, a su sexualidad.  Estos mandatos de género, que por ejemplo ha estudiado tan bien la antropóloga Rita Segato, se traducen en una serie de poderes que los hombres entendemos como derechos naturales que traducimos en prácticas, con frecuencia violentas, que van desde lo más privado hasta los niveles más institucionales de la vida pública.

Ser un hombre de verdad ha significado durante siglos, y me temo que todavía hoy lo continúa siendo para muchos de mis iguales, ejercer dominio, devaluar a las mujeres y a lo femenino e interpretar nuestros deseos como derechos que alimentan nuestro lugar privilegiado.  La suma de estos factores confluye con frecuencia en una sexualidad entendida como una pulsión irrefrenable, en la que el dominio de la más débil y vulnerable nos erotiza al máximo, de forma que en muchos casos se proyecta en el cuerpo de “la otra” toda el ansia de poder que parece dar sentido a nuestra existencia. Todo ello, además, vivido con frecuencia en ceremonias colectivas mediante las cuales se refuerza nuestra identidad precaria. De esta manera, las fratrías viriles acaban otorgándonos el certificado supremo de virilidad.

Es justamente ese concepto de lo masculino, que tiene una de sus más extremas expresiones en lo que la teoría feminista viene denominando desde hace años “cultura de la violación”, el que en la actualidad se prorroga en la pornografía que habitualmente consumen nuestros jóvenes, en las redes sociales que generan espacios de inseguridad para ellas y de complicidad dominante para nosotros y, en general, en una cultura que continúa insistiendo en que ellas están permanentemente a nuestra disposición. Y en todos los sentidos: para cuidarnos, para amarnos, para darnos placer, para hacernos padres, para sostener nuestra vida privada. Así se culmina la definición social de las mujeres como seres para otros y cuya credibilidad queda siempre en entredicho frente la omnipotente del varón que dicta las reglas. Obediencia, sumisión y silencio frente a poder, autoridad y palabra. El círculo perfecto del patriarcado.

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Caperucita roja y los cinco lobos feroces

Publicado el 27 abril 2018 en Violencia contra las mujeres, Violencia machista |

Miguel Lorente. eldiario.es

Feroces eran los cinco hombres de ‘la manada’ que se llevaron a la víctima a un portal para mantener relaciones sexuales no consentidas con ella, algo que sólo pudo suceder, a tenor de lo que cuenta la sentencia, con violencia e intimidación.

Érase una vez una niña con una pañoleta roja al cuello que caminaba sola por el bosque de la ciudad iluminada bajo luces de fiesta y estrellas de colores. En un momento de la noche se sienta en un banco, y al poco tiempo se le acerca un lobo, después otro, luego lo hace un tercero, al rato llega uno nuevo, y al momento se le aproxima otro lobo más… En total cinco lobos, una manada.

Los cinco se ofrecen a acompañarla para que ningún otro animal pueda atacarla, hasta que en un momento determinado la meten en un portal y se abalanzan sobre ella. Pero unos cazadores que andaban cerca oyeron ruidos y se dirigieron corriendo hasta el portal, y al ver la escena, cuando se dirigían a ayudarle, uno de ellos detuvo al resto y les dijo que no hacía falta que le ayudaran, que “ninguno de los lobos estaba utilizando la fuerza y la intimidación”.

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Y sí, se ha acabado porque resulta difícil de creer, incluso como cuento.

La OMS define la violencia como “el uso deliberado de la fuerza o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Como se puede ver, no es necesario recurrir a la fuerza física para generar una situación de violencia, y menos aún de intimidación, algo tan claro que el propio juez Llarena justifica la existencia de un delito de rebelión en Cataluña al hablar de violencia como “demostración de fuerza y disposición a usarla”.

A raíz de los elementos que caracterizan los hechos, lo ocurrido con el ataque llevado a cabo por los miembros de “la manada” básicamente tiene dos posibilidades, o se trata de una relación consentida o se trata de una violación. La explicación intermedia en que han basado la sentencia resulta complicada de aceptar. Veamos los argumentos relacionados con cada una de ellas.

1. Relación consentida:

Los hechos son incompatibles con una relación aceptada de forma voluntaria por la víctima dadas las consecuencias que han tenido sobre ella, que fue encontrada sola y sentada en un banco en estado de shock. Esta reacción es propia de sucesos traumáticos graves capaces de provocar una impacto serio sobre la persona atacada, hasta el punto de dejarla paralizada tras el asalto durante un tiempo más o menos prolongado. Por  otra parte, la descripción que hacen los propios agresores de la actitud de la víctima durante los hechos, no se corresponde con la de una persona que llega a esa situación de forma voluntaria, dentro de un contexto de diversión y fiesta en el que se decide mantener relaciones sexuales con los hombres que forman parte de él.

2. Relación no consentida:

El shock que presentó tras los hechos, tal y como hemos indicado, es propio de una situación traumática que en ningún caso puede deberse a la simple contrariedad o arrepentimiento por la decisión adoptada, ni a factores secundarios, como puede ser la difusión de las imágenes grabadas, tal y como se ha dicho. Para que aparezca la víctima tiene que haber vivido un suceso que genere un importante impacto psicológico, unido a la vivencia de que del mismo se podrían haber producido consecuencias más graves para su salud y vida.

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Más de la mitad de las universidades públicas españolas registran casos de acoso

Publicado el 23 abril 2018 en Violencia contra las mujeres, Violencia machista |

Pikara Magazin Dossier

 

En Pikara Magazine hemos hecho una investigación sobre la situación de la la lucha contra el acoso en las universidades públicas españolas. Por eso en enero encargamos a dos periodistas, Yuly Jara y Miguel Egea, que se pusieran manos a la obra. El resultado de estos tres meses de investigación, en los que se han contactado con 50 universidades, es este informe: ‘Más de la mitad de las universidades públicas españolas registran casos de acoso’, en el que hay datos de ámbito estatal, además de una perspectiva general de cómo y en qué medida se está luchando contra la violencia machista en cada universidad. En  ‘Granada: un protocolo modelo que sigue sin impedir el acoso’ realizamos un estudio de caso de la Universidad de Granada, que ha registrado el mayor número de casos tratados (65), y desvelamos en detalle las virtudes y problemáticas que genera la lucha contra el acoso desde este institución universitaria. Finalmente en “Para transformar la universidad hace falta una crítica radical a los modos de producción del saber y a su falocentrismo” discutimos sobre el heteropatriarcado y el sistema universitario con la filósofa Laura Llevadot, que ofrece una perspectiva muy particular sobre machismo, feminismos e, incluso, amor.

Los datos recopilados por Pikara Magazine cifran en 236 los casos en el sistema público de enseñanza superior y desvelan que el acoso sexual y laboral, así como las discriminaciones e incluso las agresiones sexuales alcanzan a toda la comunidad universitaria, desde estudiantes hasta personal docente. Destacan la Unidad de Granada, con 65 casos registrados, la Universidad del País Vasco y la Universidad Autónoma de Barcelona con 23 cada una. Los 18 casos computados por la Complutense de Madrid son de acoso sexual.

Base de datos sobre protocolos de Igualdad en las universidadesBase de datos sobre protocolos de Igualdad en las universidades

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FEMINISTAS. INTENSAS , DIVERSAS , IMPRESCINDIBLES .

Publicado el 3 abril 2018 en Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad |

José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad
Crecí rodeado de mujeres fuertes, de mujeres que la guerra dejó viudas o solteras, de mujeres que superaron dificultades difícilmente imaginables. De niño me dormía escuchando la máquina de coser de mi madre, una modista que también fue dependienta, frutera, portera, metalúrgica…

El franquismo nos empujó al exilio político y económico. A los 14 años mamá me asignó tareas domésticas y se negó a enseñar a coser a mis hermanas, por la sobrecarga de trabajo que suponía para la mujer de un obrero. Llevó pistola en el bolso hasta que volvió a España y fue la primera concejala de su ciudad. Su último gesto político, en solidaridad con las procesadas de Bilbao, fue la firma de un documento en el que afirmaba haber abortado.

En el exilio conocí a hombres que figuran en los libros de historia y a feministas reivindicando el derecho al aborto o a la iniciativa sexual. Y fue una poetisa catalana, que recitaba como nadie “El crimen fue en Granada”, la que me animó a volver a Valencia para luchar contra la dictadura.

Mientras la prioridad fue la conquista de las libertades yo me enamoraba de mujeres a las que admiraba por su valor y por su capacidad para cuestionarme. Muerto Franco los hombres copamos la dirección de los partidos y los sindicatos, y nos creímos capaces de decidir hasta lo que tenían que decir nuestras compañeras en las asambleas de mujeres que empezaban a surgir. Con eso provocamos que muchas antifranquistas orillaran sus diferencias partidarias para construir un movimiento de mujeres que, para afirmar su autonomía, rechazaba a los hombres en sus actividades y cuestionaba a las feministas que militaban en organizaciones mixtas.

Mis dificultades con el centralismo democrático y mis relaciones con el movimiento de liberación sexual favorecieron que aceptara integrarme en el primer grupo feminista que buscaba imponer en la práctica el derecho al aborto. Esto me dio una perspectiva privilegiada de las relaciones heterosexuales y sus consecuencias. Aposté por la educación sexual cuando vi que la demanda de “Anticonceptivos para no abortar, aborto libre para no morir” era un parche si no cuestionaba la sexualidad masculina.

El feminismo cambió las relaciones entre los sexos sin que la mayoría de los hombres se sintieran aludidos y yo, que me relacionaba con feministas y envidiaba la intimidad que lograban en los grupos de autoconocimiento, decidí convocar a un grupo de hombres (en 1985) para ver cómo nos afectaba el cambio y cómo podíamos contribuir a acelerarlo, dando sin saberlo un impulso al Movimiento de Hombres por la Igualdad.

Desde su aparición el feminismo aporta enfoques nuevos a temas viejos. Sin que nadie les regale nada han reivindicado, frente  a todo tipo de descalificaciones, temas como el divorcio, la promiscuidad, la noche, la anticoncepción, el aborto, la igualdad de derechos y oportunidades, las cuotas, los cambios legislativos, la discriminación positiva, el trabajo doméstico… Reivindicaciones acompañadas de todo tipo de movilizaciones, siempre pacíficas, en las que han asumido riesgos y superado periodos de desmovilización que acabaron con muchos movimientos de la transición. Superado momentos en los que solo se veían rescoldos en la universidad y las instituciones, mientras aumentaba el reguero de víctimas que quedaban en la cuneta de la historia. Pero de tanto en tanto pasaba algo que las hacía resurgir. A finales de los 90 fue la indignación ante el asesinato de Ana Orantes el que puso en la agenda la violencia que padecían en las relaciones de pareja.

La victoria del PP y la desmovilización social que provocó las medidas anti“crisis” llevaron a pensar en el escenario ideal para recortar el derecho al aborto, la conquista más peleada por el feminismo desde la transición, y el tren de la libertad fue el broche a una respuesta del movimiento feminista que provocó la dimisión de Gallardón y un relevo generacional que, con los socialistas en la oposición, no se pudo controlar con ayudas a los colectivos afines.

La manifestación de Madrid del 7N de 2015 hizo saltar por los aires el corsé legal que mantenía las violencias machistas en el ámbito de la pareja, y el 25N de 2017 el movimiento feminista demostraba su implantación territorial con manifestaciones masivas en más de 50 ciudades, contra “la manada” y los intentos de cuestionar a su víctima.

El pasado 8 de marzo la de mujeres fue la primera huelga política de la democracia, y las manifestaciones de la tarde una demostración sin precedentes de fuerza del movimiento feminista, que ha metido en la agenda política temas como la brecha salarial o los cuidados, que parecían tener más capacidad descriptiva que de movilización.

Ya podemos decir que la mayoría de los hombres se sienten aludidos, que son capaces de identificar muchos de sus privilegios y abundan los que comparten la necesidad del cambio, como demuestran su presencia creciente en las manifestaciones feministas, los miles de hombres que asumieron los cuidados en sus hogares para que sus compañeras vivieran el 8M, o los que atendieron los puntos de cuidados que se montaron ese día en muchos pueblos y ciudades.

Tras una vida acompañando a las feministas, con algunos desencuentros sobre el lugar que debemos ocupar los hombres en la lucha por la igualdad, he de admitir que siguen siendo el motor del cambio de los hombres porque se necesita su presión para que renunciemos a muchos de nuestros privilegios.

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Madres asesinas y buenos padres que matan

Publicado el 23 marzo 2018 en Violencia machista |

Miguel Lorente  

Entre los hechos y la realidad está el significado, que es lo que permanece y da sentido a la historia de cada día. Los acontecimientos sólo son la inspiración para redactar el relato, las referencias necesarias que permiten escribir el tiempo con continuidad y sin sobresaltos que rompan el sentido de lo vivido hasta el presente y el mañana esperado.

 Y esta situación que se observa en la forma de escribir la historia sobre el pasado y transmitirla, de manera especial a la hora de interpretar los conflictos, guerras, victorias y derrotas, sucede cada día en aquellos hechos que de una manera u otra tienen impacto directo en la forma de organizarnos y relacionarnos sobre las ideas, valores, creencias, mitos… que se han adoptado y considerado adecuadas para convivir.

Es lo que sucede con la violencia de género, una violencia estructural que surge de la propia “normalidad” que la cultura machista ha establecido y ha cargado de justificaciones para que sea interpretada como algo propio de las relaciones de pareja, no en el sentido de que sea una conducta “obligada”, pero sí bajo la idea de que “puede suceder”, y que si aparece es reflejo del “amor” y la “preocupación” que siente el hombre ante ciertas actitudes y conductas de la mujer que “pueden afectar a la pareja o a la familia”. Bajo esa idea, la violencia de género no se presenta con el objeto de dañar, sino de corregir algo que se ha alterado.

Lo vemos cuando la Macroencuesta de 2015 recoge que el 44% de las mujeres que no denuncian dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, cuando en el Eurobarómetro de 2010 un 3% de la población de la UE dice que hay motivos para agredir a las mujeres, o cuando el 30% de la adolescencia de nuestro país afirma que cuando una mujer es maltratada se debe a que “ella habrá hecho algo”.

Y hablamos de una violencia que cada año asesina a una media de 60 mujeres, maltrata a 600.000, y permite que unos 840.000 niños y niñas sufran su impacto al vivir expuestos en los hogares donde el padre la lleva a cabo, ¡un 10% de nuestra infancia! (Macroencuesta, 2011).

A pesar de esa terrible y dramática situación para una sociedad, sólo alrededor del 1% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS). Y no es casualidad que sea tan bajo, sino consecuencia del significado que se da a esta violencia, la cual es presentada como un descontrol producto de hombres con problemas con el alcohol, las drogas, alguna enfermedad mental o un trastorno psíquico. Sobre esta situación estructural, además, desde la “normalidad” machista se lanza una estrategia de confusiónque busca mezclar todas las violencias y reactualizar los mitos para seguir construyendo la realidad sobre el significado que ellos deciden.

El ejemplo más cercano lo tenemos en el asesinato cometido por Ana Julia Quezada sobre el niño Gabriel Cruz, un hecho terrible que comprensiblemente levanta todo el rechazo hacia su autora. La crítica, incluso en sus expresiones más emocionales, es perfectamente entendible como parte de los sentimientos que se han visto afectados por unos hechos y unas circunstancias tan dolorosas como las que se han vivido. Ese no es el problema, lo que sorprende es la bajeza de quienes lo utilizan y lo instrumentalizan para intentar, una vez más, confundir y cuestionar la violencia contra las mujeres a través de una doble estrategia:

  • Por un lado, generar confusión sobre las diferentes violencias y tratar de reducirlas sólo a su resultado, es decir, a las lesiones que ocasionan y a la muerte para concluir que todo lo que termina en el mismo final tiene el mismo sentido, algo que es absurdo. Sería como afirmar que todas las hepatitis son iguales y deben tratarse de la misma forma, sin considerar si son tóxicas o infecciosas, sin dentro de estas son producidas por bacterias o por virus, y dentro de las víricas si están ocasionadas por un tipo de virus u otro.
  • Y por otro lado, presentar la violencia que llevan a cabo las mujeres como consecuencia de la maldad y la perversidadque la cultura les ha otorgadocon mitos como el de “Eva perversa” o “Pandora”. En cambio, con la violencia que llevan a cabo los hombres ocurre lo contrario, ellos son los “buenos padres” que utiliza el Derecho como referencia para aplicar la ley, y por lo tanto, cuando agreden o matan es por el alcohol, las drogas o los trastornos mentales.

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