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Concienciación, participación e implicación de los hombres en pro de la igualdad de mujeres y hombres

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“Es humillante que a las personas trans nos traten de enfermas para que nuestra identidad sea reconocida”

Publicado el 5 diciembre 2017 en Diversidad de género, Diversidad sexual, General |

Las personas trans pasan por un itinerario médico para cambiar su nombre y sexo legal en los documentos oficiales

El Congreso ha aprobado una iniciativa para modificar la ley, que también incluye a los menores, con el objetivo de eliminar estos requisitos

“Yo pensaba ¿pero qué hago aquí? ¿por qué tengo que hacer esto? Es incómodo”, dice Aitor sobre el proceso para conseguir el diagnóstico.

A Aitor le ha costado mucho llamarse Aitor. Lo consiguió hace un año, cuando tenía en sus manos el diagnóstico médico que todavía hoy la ley obliga a las personas trans a presentar en el Registro Civil para que modifiquen su sexo y su nombre legal. Este requisito se une al de estar un mínimo de dos años bajo tratamiento, que alarga un proceso administrativo que expone a muchas personas a situaciones incómodas: “A los meses tienes un poco de barba por la hormonación. Imagínate lo que supone pagar en una tienda con tarjeta de crédito y que te digan que tiene que ir la titular. Te obliga a dar explicaciones continuamente”, dice.

Llevaban años esperándolo. Lo celebran, aunque con la vista puesta en el camino que siguen recorriendo.  El Congreso ha aprobado con el voto en contra del PP la toma en consideración de una iniciativa que reformará la ley que regula el cambio de nombre y sexo legal en los documentos oficiales. Aunque ahora empieza el trámite parlamentario, el objetivo es que las personas trans no tengan que cumplir ningún requisito médico para acceder a la modificación, por ejemplo, del DNI.

El informe que les piden ahora les obliga a pasar por un procedimiento médico que acaba concluyendo que padecen disforia de género. Aitor mira el informe de la psicóloga privada a la que acudió –puede hacerse en la pública, aunque es mucho más lento– y todavía lee con sorpresa.

“Diagnóstico de un trastorno de la identidad sexual. Trastorno clínico: transexualismo”, concluye el estudio clínico junto a una cascada de frases entremezcladas con referencias a Aitor como mujer. “Su aspecto físico es muy delicado y propio de una mujer, sin embargo su vestimenta y corte de pelo es masculino. Oculta sus atributos femeninos. El resultado es un aspecto que podría llamarse híbrido entre los sexos masculinos y femeninos”.

“Yo pensaba ¿pero qué hago aquí? ¿por qué tengo que hacer esto? Es incómodo. Te hacen preguntas como si has pensado en suicidarte o si de pequeño jugabas con muñecas”, explica este joven madrileño de 24 años.

No es una experiencia poco frecuente la de las personas que enumeran preguntas y comentarios muy dirigidos a perpetuar los estereotipos de género. “Es como tener que demostrarle a un desconocido que eres un chico porque juegas al fútbol y llevas gorra y depende de lo que se entienda por hombre y mujer. Yo por ejemplo soy poco normativo. Si ser chico es ser lo que son los que van a mi gimnasio, yo no lo soy”.

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La diversidad funcional como oportunidad para las nuevas masculinidades

Publicado el 3 diciembre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

 

Diario.es 1-12-2017

Antonio Centeno, activista del Movimiento de Vida Independiente, co-director del documental Yes, we fuck! y actor de Vivir y otras ficciones, presenta la diversidad funcional como una oportunidad para repensar la identidad masculina.

ara mí la necesidad de reflexionar sobre la masculinidad es una cuestión personal. A los 13 años me rompí el cuello y con ello cualquier referencia válida sobre lo que podía significar “ser hombre”. Ni en el entorno cotidiano de mi barrio del extrarradio barcelonés, ni en el mundo de la cultura que puso a mi alcance la escuela pública ni en los (escasos) medios de comunicación había un solo hombre tetrapléjico. Bueno, miento, el amigo Ramón Sampedro asomaba su afable rostro en algún que otro telediario, pero el mensaje resultaba poco atractivo para un chaval en plena adolescencia. Por supuesto, tampoco se mostraba a ninguna mujer con tetraplejia, ni siquiera a alguna con ambiciones suicidas.

Dado que los médicos, y el resto del entorno cultural patriarcal, me habían convencido de que nada relacionado con la sexualidad iba a ser buena idea para mí, intenté enterrar estos temas lo más hondo que pude, incluida la cuestión de qué sentido tenía mi identidad como hombre. Por pura supervivencia, tuve que priorizar la construcción de mi identidad como “persona con diversidad funcional”. Seguí a rajatabla el guión del “buen minusválido”: estudié, conseguí trabajo, vivienda y…y aquí choqué con el techo de cemento, todo era mentira, intentar encajar no servía para tener una vida equiparable al resto de mortales. Cuando a los 32 años tu madre tiene que seguir limpiándote el culo porque los poderes públicos sólo estaban para agitar ante ti la zanahoria de la superación made in Disney, cualquier idea de libertad o de intimidad queda vacía de contenido (para ti y para tu madre).

Afortunadamente, pude politizar toda esa rabia militando en el Movimiento de Vida Independiente. Las luchas y reflexiones colectivas me enseñaron a ver que el problema no era mi cuerpo, sino un medio social hostil a mi manera de funcionar, de hacer las cosas. Es decir, la realidad no era que yo no pudiese subir al autobús porque mis piernas estuviesen mal, sino que se me prohibía subir a un autobús mal hecho, poco realista, que no tenía en cuenta mi manera de moverme. Desde este convencimiento, empezamos a auto-nombrarnos como “personas con diversidad funcional”, conseguimos cambiar leyes y poner en marcha experiencias piloto de asistencia personal que permitieron emanciparse a quienes participaron (yo entre ellas) sin tener que vivir ni en recluidas en instituciones ni al albur de la buena voluntad de (las mujeres de) la familia.

Sin embargo, ni el éxito de las pruebas piloto ni las posibilidades que abrieron las nuevas leyes fueron suficiente para extender de manera generalizada el modelo de vida independiente. Tuvimos que asumir que las leyes no escritas, aquellas que nos enseñan cómo mirar, valorar y actuar ante determinada realidad que nos resulta ajena, son más poderosas que las leyes sancionadas por los parlamentos. Esencialmente, se nos seguía considerando infantes, seres angelicales y naturalmente dependientes a los que hay que proteger a toda costa, incluso por encima de nuestra libertad personal. Aquí nos dimos cuenta de que, si bien el “modelo social de la diversidad funcional” nos había ayudado mucho estableciendo que el cuerpo no era el problema, se había quedado corto, se había olvidado de decirnos que el cuerpo no sólo no era el problema si no que era la solución: debíamos visibilizarnos como cuerpos sexuados, deseantes y deseables para romper con las dinámicas infantilizadoras que naturalizaban las situaciones de dependencia, había que sexualizar la diversidad funcional para politizarla.

En este sentido, proyectos como el documental Yes, we fuck! (2015), la película Vivir y otras ficciones (2016) o la web www.asistenciasexual.org (2017) han contribuido a generar un incipiente y nuevo imaginario colectivo sobre la sexualidad y la diversidad funcional en complicidad política con lo queer, con el activismo gordo, con el pensamiento decolonial, con los trabajos sexuales… Un proceso tan potente en lo personal (que es político) como en lo político (que es personal). Aquel chaval de 13 años se ha visto, finalmente y sin escapatoria posible, ante el espejo que le devuelve la pregunta ¿qué sentido tiene identificarte como hombre? Una cuestión harto compleja en la que resulta fácil acabar divagando sin más, así que intentaré centrarme en tres ejes que sustentan una cierta construcción de la masculinidad y que se han visto alterados por mi experiencia de la diversidad funcional: el cuerpo, la sexualidad y los afectos.

 

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¡Pobres hombres!

Publicado el 22 noviembre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente en su blog.; Autopsia

Pobres hombres que se ven amenazados en un ascensor, en sus casas o en las calles; expuestos a cualquier mujer desaprensiva que los acuse de acosarlas al subir o bajar en el ascensor, de maltratarlas en el hogar o de violarlas en la calle o en un portal.

Qué duro tiene que ser eso de la masculinidad para ir zafándose de las mujeres y conseguir que al final de cada año no sean ellos los acosados, ni los maltratados, tampoco los violados ni asesinados. Sin duda todo un ejercicio de habilidad y escapismo que les evita caer en las redes que las mujeres tejen con su perversidad, y luego les lanzan con su maldad para atraparlos.

Y qué sangre fría deben mantener para que, a pesar de todas esa presión y amenazas a las que están sometidos, luego se les vea caminar por las calles con decisión y determinación como si fueran suyas, simular que no sienten miedo en los lugares de ocio, y que incluso se divierten y disimulan para acercarse a hablar con sus agresoras potenciales en mitad de la fiesta. Y cuánto valor debe correr por sus venas para luego llegar al hogar y sentirse como si fuera un lugar tranquilo y seguro para ellos, cuando en cualquier momento pueden ser denunciados falsamente.

Ese vivir como si no pasara nada ante a amenaza de las mujeres debe ser duro y exigente, algo que sólo un hombre hecho y derecho es capaz de soportar.

Porque todo eso es lo que se deduce de los argumentos que recogen los estudios científicos, como el ICM de 2005, que muestra cómo la sociedad piensa que la mujer es responsable de la agresión sexual que sufre por flirtear (33% de la población lo piensa), por vestir sexy (26%), o por haber tomado alcohol durante su tiempo de ocio (30%), nada dicen sobre la responsabilidad de los hombres que agreden. Algo parecido a lo que lleva, tal y como recoge el Barómetro del CIS de noviembre de 2012, a que el 0’9% de nuestra sociedad manifieste que es “aceptable forzar las relaciones sexuales en determinadas circunstancias”, y que el 7’9% diga que “no es aceptable, pero que no siempre debe ser castigada esa agresión por la ley”, es decir, que debe quedar como un tema de pareja. Pero, ¡oh casualidad!, una pareja en la que el hombre impone su voluntad y viola, y en la que la mujer es violada y debe callar.Como si la fuerza y la posición de poder no formaran parte también de la relación.

El machismo ha creado el marco para presentar a las propias víctimas como responsables de la violencia de género en cualquiera de sus expresiones,especialmente en la violencia sexual. Esa es la razón por la que se cuestiona su conducta antes de ser violadas y por la que también se cuestiona después de haber sufrido la violación, porque toda forma parte de la idea que las hace culpables “por el hecho de ser mujeres”. Quizás por ello hasta las campañas institucionales ante las fiestas de los pueblos y ciudades lanzan mensajes a las mujeres sobre lo que deben o no deben hacer para evitar las agresiones sexuales, mientras que no dicen nada a los hombres, que son quienes agreden y consienten con su silencio y distancia.

No es fortuito que el porcentaje de denuncias por violación se limite al 15-20%, y luego, cuando se lleva a cabo la investigación y se celebra el juicio bajo el peso de los mitos y estereotipos de la cultura machista, que el porcentaje de condenas sea sólo del 1% (Brtish Crime Report, 2008).

Vivimos en la “cultura de la violación”, es decir, en la cultura de la violencia de género, porque vivimos en la cultura del machismo, y eso significa que la realidad viene determinada por sus referencias androcéntricas, y que luego los hechos son integrados bajo el significado que otorgan esas mismas referencias. No hace falta negar lo ocurrido, sólo basta con cambiar su significado.

Lo que está sucediendo alrededor del juicio contra los integrantes de “La manada” por una presunta violación cometida en los San Fermines, y el intento de cuestionar a la víctima hasta con informes sobre su vida después de la agresión, es un ejemplo típico de esta situación creada por el machismo. Una situación en la que los hombres se presentan como víctimas por ser “presuntos inocentes”, y las mujeres como culpables por ser “presuntas víctimas”.

Lo dicho, ¡pobres hombres!

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No sonría a la cámara

Publicado el 15 noviembre 2017 en Violencia machista |

Manuel Jabois. Elpais

Que unos detectives sigan a una chica que ha denunciado una violación demuestra que la chica, además de haber sido violada, tiene que aparentarlo.

La familia de uno de los acusados de violar a una chica de 20 años en los sanfermines contrató a un despacho de detectives para que espiase a la víctima. El resultado fue un informe en el que se detalla el seguimiento de la chica, además del rastreo de sus redes sociales. La defensa de este acusado pidió ayer ampliar el informe con una publicación de “carácter festivo” que la víctima compartió con sus amigos en Internet. El juez lo tomó en consideración para incoporarlo a la causa.

Se trata de un asunto viejo e interesante que en el caso de cualquier mujer evidencia el esfuerzo que ha de hacer para que nadie dude de que ha sido violada. Se juzga socialmente en tres planos temporales: el anterior a la violación (si llevaba una ropa concreta, si se besó con alguien, si aceptó tener relaciones y luego cambió de idea, si parecía receptiva), durante la violación (si no se defendió lo suficiente, si parecía ceder, si no gritaba, si a todas luces parecía consentido) y el posterior a la violación (si no denunció al momento, si no se lo contó a nadie, si siguió llevando una vida normal, si fue a una fiesta, si actualizó su Facebook con una canción estúpida).

Lo que prueba que unos detectives sigan a una chica que ha denunciado una violación es que la chica, además de haber sido violada, tiene que aparentarlo. No basta el dolor privado, hay que hacerlo público: exteriorizarlo. Llorar por la calle, a ser posible con aspavientos para que no haya dudas en las fotografías del detective. Incluso cuando a la chica, para preservar del todo su anonimato, se le recomendó seguir su actividad normal para que nadie de su círculo pudiese sospechar que fue ella la víctima. Así que además de ser violada, es necesario estar muy triste para que su rutina no se utilice como prueba de la defensa y al mismo tiempo ocultar los hechos para que su vida no se termine de trastocar del todo. Hay que denunciar siempre, sí. Pero antes hacer un preparatorio.

Esta perversión habitual, naturalmente de menos gravedad, también se produce entre sospechosos. Pobre del que encuentre a un ser querido muerto y no le salgan las lágrimas, o descubra —a veces pasa— que no lo siente tanto cómo pensaba, o su estado de shock es tan grande que tardará semanas en romperse: ahí tendrá siempre una cámara que le enfoque y con la que ir llenando las mañanas españolas de terribles conjeturas. Ése es, para variar, el asunto viejo e interesante que se recrudece en cuestión de género. La forma de ser como elemento penal, el carácter como fundador de Derecho.

 

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«El horizonte de la igualdad es algo que nos queda muy lejos»

Publicado el 10 noviembre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad |

Entrevista a Octavio Salazar . Diario de Córdoba

«El feminismo no es solo cosa de mujeres». Así de claro lo deja el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba Octavio Salazar, que ha sido reconocido recientemente Hombre Progresista 2017 por su labor docente e investigadora sobre la igualdad de género, nuevas masculinidades, diversidad cultural y derechos Lgtbi.

-¿Qué significa para usted este reconocimiento?

-Lo entiendo no solo como un reconocimiento de lo que he podido hacer en materia de igualdad los últimos años, sino que también tengo ahora una especial responsabilidad en seguir trabajando en esa dirección como docente, investigador y como ciudadano.

-¿Qué se entiende por igualdad de género hoy en día?

-Primero tendríamos que responder a la pregunta de qué sentido tiene hoy seguir hablando de igualdad de género y seguir trabajando en este tema. Y la respuesta, yo creo, es muy evidente: cualquier día que veamos un medio de comunicación observamos que sigue existiendo una gran desigualdad entre hombre y mujeres.

en cualquier punto del planeta y tenemos que seguir trabajando para derribar esos obstáculos. Por ello, creo que el horizonte de la igualdad aún nos queda muy lejos. Hemos hecho avances, pero todavía hay una realidad insistente que nos sigue demostrando que las mujeres están discriminadas.

-¿Cree que la sociedad es consciente de esa realidad?

-Yo, que trabajo en la facultad con jóvenes, me doy cuenta de que una gran mayoría de mujeres viven en un espejismo de igualdad. Creen que ya está todo conseguido y no se plantean ningún problema en cuanto a las oportunidades que van a tener cuando se lancen al mercado laboral. Una realidad totalmente falsa. En cuanto a los chicos, lo que sí observo en los últimos años es una especie de repunte de determinadas actitudes machistas, comportamientos muy tradicionales. Y hay una especie de reacción al avance de las mujeres, reforzando su machismo y su sentido más patriarcal. En esos dos contextos creo que no hay consciencia de la evidente desigualdad y la necesidad de cambiar esa realidad. Aunque siempre suelen haber excepciones.

-¿A qué cree que se puede deber este «repunte» de machismo?

-Por un lado, a los avances que han ido haciendo las mujeres. Hay una reacción de muchos hombres de defender sus privilegios. Es como un mecanismo de autodefensa. Y por otra parte, estamos en una sociedad muy mediatizada, donde se transmiten constantemente valores y estereotipos machistas. Es un ámbito en el que no hemos conseguido avanzar.

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Mujeres y cine: una cuestión de poder

Publicado el 6 noviembre 2017 en General |

En un contexto de tan evidente desigualdad, que lleva a que las mujeres continúen estando en una posición extremadamente frágil, no es de extrañar que continúen siendo habituales los abusos de poder.

Creo que es evidente, o debería serlo, la estrecha conexión que existe entre las múltiples denuncias que en las últimas semanas están apareciendo sobre casos de acoso sexual en el mundo del cine y las conclusiones que arroja el reciente estudio presentado por CIMA sobre La representatividad de las mujeres en el sector cinematográfico español. Todas las fotografías que resultan de cruzar esos datos de la realidad de la industria cinematográfica nos ponen de manifiesto que estamos ante una cuestión de poder. Es justamente esa la perspectiva que nos ofrece el género en cuanto herramienta analítica: la visualización de las relaciones de poder que siguen alimentando la desigualdad de hombres y mujeres.  Unas relaciones que siguen marcadas, en la sociedad en general, y en el cine en particular, por el dominio masculino y la subordiscriminación femenina. Es esa la dimensión desde la que hay que analizar, valorar y perseguir por ejemplo el acoso sexual en cuanto manifestación de unas relaciones de género basadas en la superioridad masculina y en la paralela vulnerabilidad femenina, así como en una concepción cultural de las mujeres como objetos siempre disponibles para satisfacer nuestros deseos. Al igual que sucede con la violencia de género,  abordarlo como  una cuestión de poder, y por tanto de desigualdad,  es lo que nos da las claves para entender por qué es tan frecuente y sin embargo tan poco visible el acoso sobre las mujeres. Y, en consecuencia, solo actuando políticamente contra él será posible ir erradicándolo de nuestros esquemas de convivencia.

Del informe realizado por Sara Cuenca Suárez, y que tiene la gran virtud de ofrecernos un caudal impresionante de datos con los que callar las bocas de quienes piensan que el género es una ideología, se pueden extraer muchas conclusiones, las cuales además serían  trasladables a otros ámbitos sociales.  El termómetro “de género” que nos ofrece sobre la cinematografía española no creo que difiera en exceso de otros ámbitos como pueden ser el universitario, el científico o el de cualquier sector creativo o cultural.  En todos estos casos, la alarmante conclusión vendría a ser la misma: el poder sigue siendo cosa de hombres. Y cuando hablo de poder me refiero no solo al político sino también al económico y al que deriva de tener la capacidad de crear y decidir los relatos colectivos. 

Como nos muestran el Informe de CIMA, en el cine español continúa habiendo una evidente segregación no solo horizontal sino también vertical desde el punto de vista del género, lo cual significa no solo que las mujeres continúen siendo prisioneras de determinados estereotipos sino que también están lejos del liderazgo. Es decir, somos nosotros los que seguimos ocupando el vértice de la pirámide, los que seguimos teniendo las riendas de los procesos de dirección y los que, por tanto, continuamos siendo decisivos en la definición de los contenidos.  De esta manera, se continúa privilegiando una mirada,  la androcéntrica, que es la que  a través de un arma tan poderosa como la imagen nos ofrece una visión del mundo y de los seres humanos.  De ahí la urgencia de que haya más mujeres con poder o, lo que es lo mismo, con capacidad de hacer visibles sus experiencias y de completar la mirada parcial sobre una sociedad que continúa hecha a imagen y semejanza del varón dominante. En este sentido, resulta especialmente llamativo el poco apoyo que por parte de las televisiones, que se han convertido en el gran sustento de nuestro cine, recibe el cine hecho por mujeres. Ello implica lógicamente restar posibilidades de difusión y visibilidad, por no hablar de cuestiones estrictamente económicas. En relación a éstas, los datos segregados por sexo que nos ofrece el Informe con respecto al dinero que manejan mujeres y hombres son demoledores. Por ejemplo,  la media de los costes reconocidos de los largometrajes con dirección femenina es de 1.094.525,57€ mientras que el dato referente a la media de costes de películas dirigidas por hombres es de 1.737.772,64€.

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PAPÁ, ¿POR QUÉ NO TE QUEDAS EN CASA SI PUEDES?

Publicado el 31 octubre 2017 en General |

EL pais.  ÓSCAR GUTIÉRREZ Helsinki

Finlandia, paraíso y modelo para Europa en conciliación familiar, debate cómo hacer que los hombres y no solo las mujeres agoten los permisos para estar en casa al cuidado de sus hijos. Solo cuatro de cada 100 lo hacen. El trabajo y una mentalidad aún muy tradicional son algunos de los obstáculos.

Llovizna sobre Kalasatama, al noreste del centro de Helsinki. El frío junto al muelle tira del termómetro por debajo de los nueve grados. Si el tiempo es malo, avisa Sami Seppila, espera en casa con sus hijos. Pero a poco que se pueda respirar aire fresco… esto es Finlandia y si eres capaz de vestir a un niño hasta el cogote —“lo más difícil”, se burla Sami, trabajador social de 41 años—, salir a la calle es una bendición nórdica. Y en el parque embarrado se plantan, entre chimeneas larguiruchas de ladrillo rojo, viviendas muy escandinavas —funcionales al extremo— y la catedral luterana de la otra orilla. Sami está solo con los dos pequeños porque la madre trabaja hasta la tarde y, sobre todo, porque quiere. Con el mayor, de cuatro años, estuvo 11 meses de permiso y ahora con el menor, de un año, la idea es que sea más. “Es la mejor decisión que he tomado en mi vida”, continúa con un vozarrón que supera a las máquinas perforadoras que agujerean el barrio. Así se entiende bien lo que dice. Lo que siente. Pero tan especial es su claridad como raro es su ejemplo, incluso en este pequeño paraíso europeo de la conciliación familiar.

Los números en Finlandia (5,5 millones de habitantes) dicen que son muy pocos los padres que hacen lo que Sami. Esto es, exprimir hasta la última gota los permisos que ofrece el Estado para los hombres que tienen hijos. “Las cosas cambian muy despacio”, señala. “Está en lo más profundo de nuestra cultura que las madres son las que se quedan en casa”. Y ellos los que trabajan. Una tradición que choca, primero, con un país moderno en el que la mujer ocupa altos cargos desde hace décadas, y se topa, en fin, con la fórmula poco secreta del éxito finlandés: si inviertes en conciliación, lo haces en la economía. El beneficio, lo cuenta Sami: “Estando en casa he aprendido mucho de mí mismo, cómo organizarme mejor, muchas cosas que puedes usar en el mercado laboral como hombre; también lo importante en la vida; ah, y he aprendido que esto es muy divertido”. El lado infantil de todo padre.

Esta es la teoría, grosso modo: los padres en Finlandia cuentan con un permiso de paternidad de 54 días laborables, esto es, nueve semanas —con alrededor del 70% de salario—. En las tres primeras pueden coincidir con las madres. Las otras seis llegan cuando finaliza el permiso de maternidad (105 días). Finalmente existen otros 158 días que hombre y mujer pueden compartir. Y ahí va la práctica: más del 70% de padres se toman el primer permiso; un 50%, el segundo, y alrededor del 4% o 5%, el último. Los porqués varían en cada casa, pero padres, instituciones, ONG y partidos consultados coinciden en dos cosas: el trabajo, a veces, lo pone difícil, y la tradición todavía pesa. Y junto a esto último hay además mucho de morir de éxito: tan bueno es el sistema de beneficios para la mujer —Finlandia es uno de los mejores países del mundo para ser madre— que el hombre opta cómodamente por el segundo plano.

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El chivo expiatorio

Publicado el 27 octubre 2017 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

 

Miguel Lorente. blog Autopsia. Octubre 2017

Weinstein ha sido repudiado por Hollywood y por toda la sociedad, el gran Harvey Weinstein, dueño de sueños y señor de realidades, el magnífico anfitrión de fiestas interminables, el hombre que bajaba las estrellas hasta las aceras del bulevar…de repente ha pasado a ser el “asqueroso” Weinstein.

Da igual que organizara parte de sus juegos para amigos, que utilizara el sexo como moneda de cambio con tantas jóvenes actrices a quienes les hicieron creer que todo eso forma parte del oficio, y que incluso demuestra personalidad y estar por encima de prejuicios, que hay que vivir como se actúa y actuar como se vive. Como también dio igual que lo denunciaran con anterioridad y que tuviera que arreglarlo con dinero, otro “poderoso caballero” más en el club machista.

Pero lo de Weinstein es lo mismo que lo del profesor que acosa a sus alumnas en la universidad, tal y como conocimos en la condena del caso ocurrido en la Universidad de Sevilla, como el del maltratador que calla a su mujer a golpes y silencia al resto con esa normalidad diseñada a medida para que se ajuste a las circunstancias de cada momento, o como la del empresario que abusa de sus empleadas ante las miradas huidizas del grupo.

Es la ventaja de vivir en una comunidad en la que las normas están hechas para “no molestar”, para que nadie rompa el silencio que los hechos delatan, y de ese modo conseguir que todo el escándalo del machismo suceda, pero en silencio.

Una comunidad organizada sobre esas referencias  y a partir de los privilegios de quienes ocupan la condición de socios, es decir, de los hombres, es mucho mas que la suma de cada uno de ellos, por eso el interés principal está en defender sus reglas y referencias comunes, no tanto a los miembros de manera individual, ni mucho menos si uno de ellos es descubierto por un exceso o por un fallo. En esos casos lo que interesa es que la irremediable quiebra del silencio se centre y se limite a él, al hombre descubierto, para evitar que afecte a la comunidad y, de esa forma, que esta pueda seguir bajo su esquema y su modelo.

Por eso las propias normas establecen que ante el descubrimiento de uno de ellos será la misma comunidad quien reaccione atacándolo y dejándolo solo, de manera que todo parezca como un caso aislado propio de las características de ese hombre y de las circunstancias que lo envuelven y, ante todo, que lo ocurrido ha sucedido al margen de la comunidad.

Es la estrategia del “chivo expiatorio” propia del machismo, de la que ya hablé hace más de 20 años en mis primeras publicaciones sobre el tema, y que cada día se reproduce ante la necesidad de evitar la crítica al modelo de sociedad patriarcal. El ataque al hombre descubierto justifica lo ocurrido en proximidad con los hechos y tranquiliza a distancia al resto de la sociedad.

Forma parte de la camaradería de los hombres, de ese “todos para uno y uno para todos”tan clásico. Camaradas hasta que haya que sacrificar a alguno para salvar al resto y su modelo de sociedad beneficioso para todos.

Y para ello, a pesar de la objetividad de los hechos que llevan a cuestionar y a exponer al camarada hombre, no desaprovechan la oportunidad para atacar a las víctimas y criticar a las mujeres. Y con tal de lograr ese objetivo se recurre, desde el argumento basado en que ellas “sabían lo que hacían”, que “tratan de aprovecharse”, que son ellas las que “han provocado o se han insinuado”…hasta la propia negación de los hechos, o la duda sobre “por qué ha denunciado tan tarde”, o “por qué de repente salen tantas víctimas”… para jugar con la sempiterna idea de las denuncias falsas.

 

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ENTREVISTA JOKIN AZPIAZU

Publicado el 20 octubre 2017 en General, Grupos de hombres, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

 

Revista Hombres igualitarios.AHIGE.Posted by Roger Gras Pacheco | 17 Oct, 2017

Antes de empezar, Jokin, felicitarte por tu personal trabajo sobre la relación entre masculinidades y feminismo (nos referimos al libro Masculinidades y feminismo del cuál podéis leer la siguiente reseña). Las dichas “nuevas masculinidades” beben del feminismo. A menudo son un espejo de ese movimiento político que pertenece a las mujeres. Los grupos de hombres no dejan de ser una imitación “sana” de los grupos de autoconciencia feministas.

¿Crees que estos grupos, en los que tú has participado, son una herramienta útil para crear un nuevo sujeto político?

Creo que no podemos establecer generalidades respecto a los grupos de hombres. Algunos grupos han partido de posiciones cercanas al feminismo y se han ido distanciando en algunos momentos, otros han hecho el camino opuesto. Opino que los grupos de hombres plantean un principio muy importante de responsabilidad: la necesidad de tomar en nuestras propias manos la reflexión sobre el machismo y las relaciones de poder y pensar qué se puede hacer desde esa posición tan particular de los hombres en las sociedades actuales, que es una posición de privilegio estructural.

Lo importante, por lo tanto, es que esta responsabilidad y este hacer algo por nosotros mismos no se traduzca en un diagnóstico hecho desde nuestra propia mirada que puede terminar convirtiéndose en una práctica y discurso autocomplaciente y poco transformador. Es una tarea difícil que los grupos de hombres no deriven en una auto-victimización y en generar políticas auto-referenciales.

 “Muchas veces las cuestiones feministas en relación con los hombres se han planteado desde una auto-victimización («el patriarcado nos ha hecho así y somos sus víctimas asimismo») o desde una especie de culpabilización («somos lo peor») que tiene mucho de pose.”

Tendemos a pensar en sujetos políticos cuando buscamos procesos de empoderamiento para colectivos oprimidos que se convierten en sujeto de cambio. Sin embargo, las implicaciones de un sujeto político hombre son bastante distintas, puesto que no hablaríamos de procesos de empoderamiento, sino de más bien todo lo contrario.

¿Cómo podemos los hombres hacer pedagogía de los valores del feminismo?

La agenda feminista no es una y nada más que una, es importante estar atentos a las diferentes propuestas y puntos de vista e intentar plantearnos la pregunta: ¿es el movimiento y la política feminista en general nuestro punto de referencia? Y, si es así, ¿cómo nos relacionamos con su complejidad y diversidad interna?

¿Es el movimiento y la política feminista en general nuestro punto de referencia? Y, si es así, ¿cómo nos relacionamos con su complejidad y diversidad interna?

Creo que es importante plantearnos qué tipo de pedagogía necesitamos, si es una pedagogía que se base en la comodidad (las propuestas que se nos hacen más cómodas de escuchar y asumir) o en una suerte de incomodidad (aquellas que nos importunan más) y cómo, en base al espacio en el que queramos incidir, tenemos que combinar estos dos ingredientes.

Es importante pensar que la construcción cultural del patriarcado, esa que nos otorga privilegios, no es tan sólo una serie de valores que introducimos y reproducimos. Es también y sobre todo un sistema material (desde lo económico hasta lo simbólico) que nos sostiene y nos mantiene en el lado privilegiado. Por ello es importante señalar que «renunciar a los privilegios» no significa solamente tener voluntad personal para ello, sino ser capaces de contribuir a dinámicas que cambien las estructuras de poder y sus formas de funcionar.

Hay una dificultad para encarnar y vivir un espacio de responsabilidad que genere malestar. Por eso a menudo tratamos de simplificar y buscar fórmulas rápidas para sentirnos «fuera de culpa», sin reconocer que los procesos de cambio, si son profundos, son largos.

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