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Concienciación, participación e implicación de los hombres en pro de la igualdad de mujeres y hombres

Gizonen Kontzientziazioa, partehartzea eta implikazioa emakume eta gizonen arteko berdintasunaren alde

Gillette, Ausonia y la mercantilización del feminismo y las nuevas masculinidades

Publicado el 16 enero 2019 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Gillette y Always

Campañas publicitarias de Gillette y Always, ambas de Procter&Gamble

El anuncio de Gillette sobre las masculinidades tóxicas ha levantado airadas críticas y pasiones, pero la campaña abre también el debate sobre la cooptación y mercantilización del feminismo y las nuevas masculinidades por parte de grandes empresas.

Hace algo más de cuatro años, un vídeo se viralizó en redes. Aquel “Like a girl” (como una chica) mostraba un escenario donde a varias chicas adultas, hombres y niños les pedían que corrieran, lanzaran una pelota o lucharan “como una chica”. Frente a las cámaras, esas personas empezaban a hacer aspavientos, usar posturas ridículas o burdas imitaciones de lo que la sociedad patriarcal ha marcado que tiene que ser una chica. Tras esas imágenes, se le preguntaba lo mismo a un grupo de niñas, las cuales corrían, lanzaban la pelota y daban patadas voladoras que sorprendían en la diferencia con el tipo de gestos que mostraba el primer grupo.

El vídeo se viralizó. Muchas de mis amistades, la inmensa mayoría mujeres, lo compartían en sus redes sociales con mensajes que reivindicaban la fortaleza de aquellas chicas, frente a la imagen patriarcal que se tiene y mostraba la primera parte de la campaña. A mí también me gustó mucho el vídeo, pero había algo que no cuadraba. La tipografía del final me sonaba mucho, pero el vídeo no parecía anunciar ningún producto. Solo había que rascar un poco para descubrir que era una campaña de Always, la marca de compresas de Procter&Gamble (P&G) que en España toma el nombre de Ausonia. Lo que me trajo un montón de preguntas y contradicciones: ¿Debe el movimiento feminista dejar que su mensaje sea divulgado por la misma empresa que lleva años haciendo anuncios sobre detergentes en los que se estereotipa al máximo a la mujer? ¿Se debe permitir que se mercantilice el mensaje feminista a cambio de que llegue a otras capas de la sociedad? Aquella campaña publicitaria vio la luz en 2014. En aquel momento no parecía necesario un debate que hoy puede que sí lo sea.

GILLETTE Y LA MASCULINIDAD TÓXICA

La conocida marca de maquinillas de afeitar Gillette, propiedad también de P&G, ha publicado una nueva campaña que, bajo el lema The best men can be(Lo mejor que los hombres pueden ser), denuncia la masculinidad tóxica. En solo unos minutos, las redes sociales se llenaban de hombres ofendidos que se marcaban unos not all men (no todos los hombres) de libro, o que argumentaban que “hay que dejar que los niños sean niños” en referencia a varias imágenes del anuncio donde un hombre para a dos niños que se están peleando u otro que defiende a un chico que está sufriendo bullying. Incluso muchos de esos hombres ofendidos han llamado a un boicot comercial a la marca de cuchillas. Había pensado poner algunos de sus tuits aquí incrustados, pero sinceramente no creo que sea necesario darle publicidad a esos mensajes tan burdos y pueriles de machitos enfadados. Ese no es el debate de hoy.

Que quede por delante que a mí me ha encantado el spot publicitario. Me gusta el mensaje, el enfoque y la denuncia que hace. De la misma manera que me gustaba el anuncio de Always. Me encanta que en los medios de masas se introduzcan los mensajes que puedan divulgar ideas feministas o, en este caso, de las nuevas masculinidades y de la deconstrucción del sujeto masculino en esta sociedad patriarcal.

Pero me vienen a la cabeza las mismas preguntas que hace cuatro años: ¿Es bueno que una empresa como P&G sea la que mercantilice ese mensaje? ¿Nos compensa dejar que sea una multinacional como esta sea la que divulgue dicho mensaje porque llegue a más gente?.

Para contestar a estas preguntas creo que también hay que poner en contexto quién es P&G. No voy a entrar en contar la historia de la empresa, pero la multinacional se encuentra en los armarios de nuestras casas, y no solo en los del cuarto de baño. Fairy, Don Limpio, H&S, Tampax, Ariel o Ausonia son solo algunas de las marcas de la multinacional.

¿Debe ser la empresa que lleva décadas usando, y que no ha parado de usar por mucha campaña feminista que hiciera en 2014, estereotipos de amas de casa en sus anuncios de detergentes la que se apodere y divulgue ese mensaje? La misma empresa que recarga un pink tax, como se le llama al sobrecoste que tiene un producto por el simple hecho de ser “para mujeres”, a las maquinillas de afeitar. Si no me creen les invito a ir a un supermercado y comparar el precio de una Gillette para hombre con una Gillette Venus. O, como decía en un tuit Carmen Pacheco, escritora y columnista de Vanity Fair, no es curioso que este mensaje contra la masculinidad tóxica nos lo de una empresa que en 2018 “estaba vendiendo cuchillas con la idea de que ‘en 5 min estás lista’ porque sin depilar obviamente no puedes salir”. En los siguientes tuits, Pacheco también da una pista que a mí me parece la clave: “Si a P&G hablar de la “masculinidad tóxica” no le sale rentable en números: no pasa nada, donde dije digo digo Diego y la maquinaria sigue funcionando”, o “Si en 2019 esta estrategia les sale cara, volverán a virar y adiós feminismo”.

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El fracaso del machismo

Publicado el 9 enero 2019 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

Miguel Lorente . Blog Autopsia

Los machistas han comenzado a salivar en cuanto han visto que los partidos de la derecha están cocinando una serie de medidas para limitar las políticas de Igualdad y contra la violencia de género, y así andan, salpicando con sus fluidos las redes y medios.

Nada nuevo respecto a los machistas, que desde el primer momento vieron que la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG) era un instrumento eficaz para responder ante su violencia de género, tanto sobre los casos como sobre las causas, pero sí respecto a la política, donde un partido accidental es capaz de situarse por encima del Tribunal Constitucional para decir que la LIVG es inconstitucional, y se atreve desde su posición mínima, no sólo minoritaria, a enmendar lo que la soberanía popular a través de sus representantes ha aprobado y ratificado por unanimidad en diferentes ocasiones. Interesante ejercicio de democracia el del machismo.

Todo ello demuestra que andan un poco de los nervios y que el machismo ha fracasado en su intento de mantener la desigualdad como normalidad, y la violencia contra las mujeres como un tema privado e invisible para que los hombres puedan continuar con sus privilegios, entre ellos negar esa violencia de género y mezclarla con otras formas de violencia interpersonal para que pase desapercibida su responsabilidad social y criminal.

Hoy se denuncia más violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja y en la vida pública, circunstancia que demuestra el fracaso del machismo violento en sus formas y en su fondo.

Pero no sólo se denuncia más, también ha aumentando la violencia de género en la sociedad, como demuestran las Macroencuestas. El machismo es cultura, no sólo conducta, una cultura de poder levantada sobre las referencias de los hombres, y como tal tiene tres instrumentos para condicionar la realidad: la influencia, el premio y el castigo. El fracaso del machismo se ha traducido en una pérdida de su capacidad de influir y premiar, por lo que en un intento de mantener sus privilegios y de castigar a quienes los cuestionan ha recurrido al incremento de la violencia.

Sin embargo, como su capacidad de manipular en nombre del orden dado es tan alta, ahora intentan presentar ese incremento del número de casos como un fracaso de la ley, como si la ley fuera la que diera las pautas para maltratar, y como si el machismo estuviera feliz de ceder sus posiciones de poder sin resistirse, y como si la desigualdad construida sobre su idea de “inferioridad e incapacidad” de las mujeres hubiera sido para ellos un error.

El fracaso del machismo es tan manifiesto que en estos 15 años de Ley Integral contra la Violencia de Género sus argumentos no han variado, tan sólo han sido repetidos. Entre esas razones que han dado para cuestionarla, destacan las siguientes:

  1. El número de homicidios no ha disminuido a pesar de medidas establecidas. Un planteamiento trampa basado en dos errores:
    1. Por una parte, comparan los homicidios anteriores a 2003 con los de los años siguientes a la LIVG, cuando en cada uno de esos periodos se medía algo diferente. Antes de la LIVG el concepto jurídico existente era el de violencia doméstica o familiar, por lo que muchos de los homicidios de mujeres en parejas sin convivencia (novios o exparejas) no se contabilizaban. Curiosamente, es a esta referencia a la que nos quieren llevar ahora para volver a ocultar la violencia contra las mujeres.
    2. El segundo error es contabilizar los homicidios en términos absolutos, sin considerar el grupo de población en el que se producen (el número de mujeres maltratadas), y si este es mayor o menor. Al haber aumentado el número de mujeres que sufren violencia machista debido a la reacción del machismo, la tasa de homicidios ha disminuido un 42%, y lo ha hecho en gran medida debido a los cambios sociales en cuanto a concienciación, e institucionales en cuanto a respuesta y atención, gracias a la LIVG

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LOS PADRES EN EL ESCAPARATE

Publicado el 7 enero 2019 en General, Paternidad Igualitaria |

Octavio Salazar. Diciembre 2018

Nunca negaré que ser padre es una de las experiencias que más ha influido en que cuestione mi identidad masculina, aunque solo haya sido porque tenía muy claro lo que no quería ser. Cosa distinta es que lo haya conseguido. Cada día, y mucho más ahora que mi hijo es adolescente, me doy cuenta de los errores que repito, de las incertidumbres y de la penosa ausencia de un manual que me diga cómo ser un padre presente, responsable y cuidadoso. Quizás sea una de las luchas que con más frecuencia provocan que me sitúe delante del espejo y me enfrente a mis impotencias. Entonces descubro que tal vez alumbrar una nueva masculinidad sea justamente eso, asumir la vulnerabilidad, renunciar al heroísmo, darte cuenta de que no hace falta controlarlo todo y de que la vida no es otra cosa que ir buscando un tesoro con frecuencia sin mapa que nos guíe.

En los últimos tiempos se ha puesto de moda hablar de las paternidades, de las nuevas paternidades, de esos nuevos modelos de hombres que lucen niños en los parques, o a los que ya no les resta virilidad mostrarse cariñosos con ellos en público. Se ha ido creando incluso una mística en torno a estos varones que, una vez más, y con el pretexto de mostrar al mundo lo buenos que son, ocupan portadas y aparecen como protagonistas heroicos. Todo ello mientras que en paralelo la maternidad continúa sin tener la centralidad que debiera en las políticas públicas y mientras que para las mujeres tener hijos continúa siendo un obstáculo para su realización personal y profesional, al tiempo de que por determinados sectores no deja de alimentarse una visión esencialista que las hace siervas de su papel de reproductoras. En este complejo contexto, al que habría que sumar la interesada reivindicación como un derecho de lo que es solo un deseo, el de ser padre o madre, continuamos sin dar respuestas adecuadas a lo que es el gran reto del siglo XXI: el reconocimiento social y económico de los trabajos de cuidados, la efectiva garantía de la corresponsabilidad como un derecho/deber y, en definitiva, la firma de un nuevo pacto de convivencia entre mujeres y hombres en el que superemos la división jerárquica entre lo público y lo privado.

Es decir, mucho me temo que de nuevo los hombres, o al menos una parte de nosotros, estemos usando el discurso de la paternidad para elevar nuestro prestigio social y para, bajo esa cobertura de amantes progenitores, apenas estemos renunciado a nuestro lugar privilegiado.

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La honestidad masculina y el amor romántico

Publicado el 27 diciembre 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Collage: Señora Milton

Coral Herrera Gómez. Pikara  online magazine.

¿Por qué los hombres patriarcales mienten?, ¿por qué enamoran a las mujeres con promesas de futuro y en cuanto las conquistan salen corriendo?, ¿por qué creen que es normal e incluso necesario ocultar información a su pareja, pero no soportan que ellas hagan lo mismo?, ¿por qué defienden tanto su libertad pero limitan la de su compañera?.

¿Por qué un hombre puede ser buena persona con todo el mundo menos con su pareja?, ¿por qué los puticlubs están a rebosar de hombres casados todos los días de la semana?, ¿por qué en algunos países es habitual que los hombres tengan dos y hasta tres familias cuando han prometido ante el altar o ante el juez fidelidad hacia su pareja oficial?…

En las guerras del amor todo vale, porque es la batalla más importante de la guerra de los sexos. El régimen heterosexual está basado en un reparto de papeles en el que los hombres llevan siempre las de ganar: ellos diseñan e imponen las normas para que las cumplan ellas. Pactan monogamia, juran fidelidad, prometen ser sinceros, y en cuanto pueden juegan sucio y se enredan en cadenas de mentiras.

Las mentiras son consustanciales a la masculinidad patriarcal. El engaño y la traición a los pactos acordados es la consecuencia de firmar un contrato en el que aparentemente jugamos en igualdad de condiciones, pero en la realidad está diseñado para que nosotras seamos fieles y esperemos en casa mientras ellos se lo pasan en grande. La monogamia, pues, es un mito que crearon para nosotras, muy útil para asegurar su paternidad y la transmisión del patrimonio, y también muy útil para domesticarnos y encerrarnos en el espacio doméstico.

En la batalla del amor hetero el pacto es: “Yo no tengo sexo fuera de la pareja, tú tampoco”. Nos limitamos los dos, renunciamos los dos a la libertad sexual, o mejor: ellas creen que ellos se comprometen a cumplir con esta auto-prohibición. Pero no: la estrategia es que las mujeres nos auto-censuremos mientras ellos hacen lo que les apetece sabiendo que gozan de una relativa impunidad y que serán perdonados.

En esta guerra de los sexos, ellos llegan armados hasta los dientes, las mujeres vamos desnudas y enamoradas. Ellos juegan con ventaja y casi siempre ganan: la doble moral nos echa la culpa, y a ellos les disculpa. Para poder disfrutar de la diversidad sexual y amorosa típica del macho, los hombres saben que deben defender su libertad mientras limitan la de sus parejas. Y para ello tienen que prometer mucho, mentir, engañar y traicionar a las enemigas.

Porque las mujeres jamás somos las compañeras: nos tratan como a las adversarias a las que hay que seducir, domesticar, y mantener engañadas con el rollo del romanticismo y las bondades de la familia patriarcal.

La doble moral del patriarcado permite a los hombres a tener una doble vida: una como señores adultos responsables y comprometidos, y otra como niñatos mentirosos que jamás asumen las consecuencias de sus actos. Los hombres aprenden pronto que pueden abusar de su poder porque el mercado del amor está lleno de mujeres deseosas de ser amadas. Lo mismo que los empresarios abusan de la necesidad de sus trabajadores porque tienen muchísima mano de obra barata dispuesta a trabajar por muy poco, los hombres patriarcales saben que pueden mentir y aprovecharse porque el mundo está lleno de mujeres con baja autoestima y necesitadas de amor. Ellas prefieren aguantar mentiras y engaños que estar solas, y pocas veces identifican este trato como mal trato, es decir, no es fácil asumir este comportamiento como violento porque está normalizado en nuestra cultura patriarcal.

La doble moral del patriarcado permite a los hombres a tener una doble vida: una como señores adultos responsables y comprometidos, y otra como niñatos mentirosos que jamás asumen las consecuencias de sus actos. Los hombres aprenden pronto que pueden abusar de su poder porque el mercado del amor está lleno de mujeres deseosas de ser amadas. Lo mismo que los empresarios abusan de la necesidad de sus trabajadores porque tienen muchísima mano de obra barata dispuesta a trabajar por muy poco, los hombres patriarcales saben que pueden mentir y aprovecharse porque el mundo está lleno de mujeres con baja autoestima y necesitadas de amor. Ellas prefieren aguantar mentiras y engaños que estar solas, y pocas veces identifican este trato como mal trato, es decir, no es fácil asumir este comportamiento como violento porque está normalizado en nuestra cultura patriarcal.

Los hombres patriarcales, sin embargo, se consideran buenas personas. El engaño forma parte de las estrategias de guerra, por eso traicionar y mentir a las mujeres con las que se relacionan no les hace sentir ni traidores ni mentirosos. Es simplemente una forma de dominar su mundo y de relacionarse con el enemigo. Y cuando el enemigo es una mujer, entonces no hay normas de caballerosidad ni principios ni ética que les detenga: en la cultura machista cualquier estrategia es válida. El objetivo es siempre someter a las mujeres para poder vivir bien, para salvaguardar el honor, para aumentar su prestigio delante de otros hombres.

Esta es la razón por la cual la honestidad no es cosa de hombres patriarcales. No hay contradicción, no les supone ningún problema. Es simplemente que siendo honesto uno no puede tener todo lo que desea, no puede tener varias amantes y una esposa fiel, no puede hacer lo que le da la gana sin tener que dar cuentas a nadie, no puede mentir, no puede acumular riqueza, no puede robar ni utilizar su poder para aprovecharse de los demás. La honestidad no calza con los valores de la masculinidad patriarcal, al menos no en el terreno de las guerras contra las mujeres

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‘Desaparecedores’

Publicado el 20 diciembre 2018 en General, Violencia machista |

Equipos de emergencias trabajando en la zona en la que se encontró el cádaver de la profesora Laura Luelmo, en Huelva. AL BERTO DÍAZ (GTRES

Miguel Lorente Acosta

Leticia Rosino, Diana Quer, Rocío Wanninkhof, Marta del Castillo, ahora la incertidumbre sobre Laura Luelmo… Las mujeres no desaparecen solas, lo hacen porque hay personas que las hacen desaparecer.

Las personas no desaparecen solas, lo hacen porque otras las hacen desaparecer: esas otras son los desaparecedores. Y cuando hay circunstancias y elementos que llevan a que esas personas hagan desaparecer a otras es porque hay factores desaparecedoratrices.

El machismo, esa construcción jerarquizada de poder de los hombres levantada sobre las referencias masculinas, lleva al uso de la violencia como una forma habitual de resolver los conflictos, y a los conflictos como una manera de abordar la realidad para a través de ellos obtener ventajas por medio del recurso a sus instrumentos de poder, entre los cuales está la violencia. Como pueden ver, el mecanismo es sencillo y todo encaja dentro de él.

Por lo tanto, los hombres bajo su modelo de sociedad y convivencia utilizan la violencia como una herramienta más para obtener y mantener los privilegios que se han otorgado a sí mismos a través de la cultura. Y utilizan esa violencia contra otros hombres como una vía instrumental con la que obtener elementos de carácter material y de forma inmediata, habitualmente dentro de un contexto de criminalidad; y la utilizan también contra las mujeres como una forma de mantener el significado de su construcción y la ventaja de ver su hombría recompensada y su masculinidad reforzada por medio de ese dominio y uso de las mujeres. Por eso el significado de la violencia, de las desapariciones, de la discriminación… es diferente cuando se ejerce contra quien pertenece al grupo históricamente discriminado, y ese grupo no son los hombres, son las mujeres.

¿Qué clase de sociedad y de masculinidad tenemos para que haya hombres que decidan asaltar a mujeres, agredirlas sexualmente en muchos casos, asesinarlas después?

Los desaparecedores de mujeres son hombres, y la fuerza desaparecedoratriz es el machismo a través de la violencia de género. Cuando una mujer desaparece, como ocurrió con Diana Quer, con Rocío Wanninkhof, con Marta del Castillo… Y con tantas otras; o como, previsiblemente, ha sucedido con Laura Luelmo, al igual que pasó con Leticia Rosino, asesinada en un pueblo de su Zamora cuando también salió a correr, es porque un hombre desaparecedor la hace desaparecer, habitualmente como parte de la violencia sexual del machismo “desaparecedoratriz”.

¿Qué clase de sociedad y de masculinidad tenemos para que haya hombres que decidan asaltar a mujeres, agredirlas sexualmente en muchos casos, asesinarlas después? ¿Qué valor se da a la vida de las mujeres cuando se actúa de ese modo, como manifestó con toda tranquilidad Collin Richards, asesino de la golfista española Celia Barquín, cal decir “quiero violar y matar a una mujer”?

Y todo ello sucede en un contexto social caracterizado por la desigualdad en el que la discriminación de las mujeres, el maltrato, el acoso, los abusos sexuales… Forman parte de una “normalidad” que facilita que se produzca esa violencia a través de la cosificación de las mujeres, que luego hace que no se denuncie, y que si se denuncia lleva a cuestionar o responsabilizar a la víctima, en lugar de hacerlo sobre los agresores. Y todo ello sin que la sociedad reaccione a pesar de las evidencias y datos objetivos.

 

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Enseñar a los monstruos

Publicado el 19 diciembre 2018 en General, Los hombres ante la igualdad, Violencia machista |

 

Foto. Alejandro Ruesga/Atlas.

Erik Pescador .El Pais

Dejemos de poner el foco en las mujeres que miran atrás con miedo y revisemos por qué los hombres se sienten con derecho a provocarlo.

Laura Luelmo ya nunca más tendrá que mirar atrás con miedo o preocupación porque sencillamente ya no está en este mundo. Es tremendo que la única forma en que una mujer no reciba agresión o intento de agresión de un hombre a lo largo de su vida sea no estar en este mundo.

Resulta especialmente doloroso que a estas alturas del siglo XXI todavía no nos hayamos dado cuenta de que las agresiones sexuales, las violaciones y las muertes machistas comienzan y acaban en el agresor, no con la víctima.

Basta ya de culpabilizar y responsabilizar a las mujeres de las agresiones que sufren por parte de los hombres y de aquellas personas que creen que las mujeres no pueden ser o vivir más allá del mandato patriarcal, que una minifalda, unos pantalones cortos o caminar sola es el motivo de que sufran agresiones. Basta ya de personas ciegas que no son capaces de ver que la violencia es responsabilidad de quien la ejerce, no de quien la recibe.

¿Desde qué criterio moral somos capaces de preguntarle a una chica antes de salir de fiesta si le parece que esa ropa que lleva es adecuada o demasiado provocativa? Y sin embargo no hacemos ningún comentario ni prevención a los hombres y a los jóvenes que van a salir esa misma noche porque ellos tienen el salvoconducto de la masculinidad tradicional.

Siento miedo y vergüenza cuando veo hordas machistas que vuelven a ponerse en pie capitaneadas por Trump, Bolsonaro y otros líderes del neoliberalismo, neonazismo, fascismo y machismo de siempre. Y todavía me asusta más ver la proliferación de las manadas y de la ideología que las sostiene; pero me produce terror el silencio cómplice de muchos hombres jóvenes y no tan jóvenes.

Estamos en tiempos de cambio, por eso quizás aparecen esos reveses tan brutales del patriarcado y su soldado, el machismo, evidenciados en la ocupación del cuerpo de las mujeres y sus vidas. Son tiempos para la reflexión, pero también para la acción educativa, para el cambio, para la prevención y no solamente para asustarnos cuando la herida ya se ha producido.

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Qué puedes hacer para acabar con la violencia machista si eres hombre

Publicado el 18 diciembre 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Grafiti urbano de Smug

Coral Herrera Gómez. Haikita blog
Conozco a muchos compañeros que están horrorizados con los últimos acontecimientos, y con las últimas cifras sobre la violencia machista publicadas por la ONU el pasado 25 de Noviembre, pero muchos no saben cómo contribuir a la lucha contra el patriarcado, o cuál podría ser su papel en este movimiento contra la violencia machista.

Hay muchas cosas que puedes hacer, aquí os dejo algunas ideas para empezar a trabajar:

– Trabajarte personalmente: hacer autocrítica constante con uno mismo. Ponle atención a la manera en como te relacionas con las mujeres que hay en tu vida: tus compañeras de estudios o trabajo, tu madre, tus hermanas, tus hijas y demás mujeres de tu familia, tus ligues o tu pareja, tus vecinas del barrio, o las camareras de los bares que visitas. Observa tus privilegios y la forma en que te beneficias de ellos, tu forma de cortejar y ligar, tu forma de tratar a tus compañeras sexuales y sentimentales, y la manera en que hablas de las mujeres en público. Analiza la manera en que gestionas tus emociones y resuelves conflictos, la forma en la que ejerces tu poder, la manera en que te beneficias de los cuidados que recibes de las mujeres que te quieren, Es un trabajo para toda la vida: constantemente tenemos comportamientos patriarcales y machistas, y la mayor parte de las veces no nos damos cuenta. Una vez que los identificas, puedes empezar a hacer cambios en tu vida cotidiana y en tu forma de relacionarte con nosotras.

– Trabajar en grupo: puedes juntarte con más hombres que estén trabajando sus patriarcados, y que tengan ganas de poner su granito de arena en una de las luchas políticas más importantes del siglo XXI. Podéis formaros, leer juntos, debatir, hacer talleres, y salir a las calles para protestar y para pedir a los gobiernos y a la sociedad que pongan la violencia machista en el centro de su agenda política.

– Evitar ser cómplice En tus reuniones con hombres: no le rías la gracia a los machistas, no le sigas el juego a los hombres de tu entorno que no se trabajan el machismo, y prestales tus gafas violetas: si les das tu punto de vista en vez de quedarte callado, puedes ayudar a muchos del grupo que piensan como tú y no se atreven a cortar el rollo a sus amigos. Y puedes lograr que tus amigos se hagan preguntas y empiecen también a trabajarse.

– Lee y escucha a las mujeres que llevan años estudiando y luchando en el movimiento feminista, puedes aprender mucho de ellas. El feminismo es una teoría y también un movimiento social, y como en la escuela no nos hablan de ello, tienes que ser autodidacta y aprender por tu cuenta. También puedes hacer cursos sobre feminismo y masculinidades, asistir a charlas y conferencias, y formar grupos de estudio feminista con otros hombres.

– Trabaja tu victimismo: es lógico que muchos hombres se sientan atacados y se enfaden porque todo está cambiando y no pueden hacer nada para que todo siga igual. Cuando te tocan tus privilegios, es hasta cierto punto normal que quieras seguir teniéndolos. El feminismo no es un discurso de odio contra los hombres, lo que trata es de poner el foco en la masculinidad patriarcal que domina el planeta y asesina mujeres cada cinco minutos en todo el mundo. Aunque vosotros también sufris vuestras opresiones, todas vienen del patriarcado, no del feminismo: el feminismo es un movimiento de liberación, y vosotros también estáis incluidos, pero no sois los protagonistas. Os necesitamos más como agentes del cambio que como lideres de un movimiento de mujeres.

– Educa a tus hijas e hijos sin machismo: asume de una vez tus responsabilidades domésticas, de crianza y cuidados. La única manera de enseñar la igualdad a tus descendientes es que la vean en casa, y que tú des ejemplo con tus acciones, no sólo con tus discursos. Eres el representante de las nuevas masculinidades y las nuevas paternidades, da lo mejor de ti en esta tarea.

– Trata bien y cuida a tus parejas, sean parejas formales o informales, sean parejas de una noche o de cien noches. Construye relaciones sanas e igualitarias con tus compañeras.

– Trata bien a las desconocidas también: no ejerzas acoso sexual en la calle y en los espacios públicos.

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Enfadados con todo: Vox y la masculinidad

Publicado el 10 diciembre 2018 en General, Los hombres ante la igualdad |

Abascal Caballo
Spot de Vox para la campaña andaluza. Foto: Twitter

 

Lionel S. Delgado El salto

¿Qué pasa con los hombres para que encuentren en la derecha radical un nicho de confianza? ¿Qué dice o hace la ultraderecha para conectar con un votante masculino?

Dos tercios de los votantes de Vox son hombres. Ocho de cada diez votantes de izquierda que se han pasado a Vox son hombres. Lo dice Narciso Michavila, sociólogo y presidente de GAD3, la empresa demoscópica que se ha hecho famosa por ser la única que acertó en los pronósticos de las elecciones andaluzas. No es nuevo: Metroscopia ya apuntaba que el 72% del votante estatal era varón. ¿Qué pasa con los hombres para que encuentren en la derecha radical un nicho de confianza? ¿Qué dice o hace la ultraderecha para conectar con un votante masculino?

El perfil del votante de Vox parece estar relacionado con edades medias, clases pudientes y con estudios superiores. Hoy nos interesa para profundizar en la relación que existe entre el auge de discursos conservadores y la crisis de valores de la masculinidad.

Los hombres ya no tenemos tan claro qué se supone que tenemos que hacer en el mundo: el papel del “ganapán” proveedor ha quedado en entredicho por la precarización sistemática de lo laboral y por la incorporación de la mujer al mundo del trabajo. La figura del “padre protector” se tambalea cuando aparecen los nuevos modelos de paternidad y el viejo modelo del padre fuerte y dominante se muestra como más bien violento. También la figura del “hombre exitoso en lo sexual” se pone en el punto de mira al evidenciarse los elementos patriarcales y potencialmente agresivos del cortejo masculino. Así, los modelos antiguos se quedan vetustos y, cuando lo viejo (parece que) muere y lo nuevo no termina de aparecer, aparecen los monstruos.

Con esto no se trata de decir que es por culpa de los hombres que la ultraderecha avance. Sin embargo, algo específico pasa con los hombres para que un partido de ultraderecha obtenga dos tercios de su voto de este perfil. Es necesario entender correctamente cómo un fenómeno Vox puede construirse sobre el voto masculino y qué relación tiene con la crisis de la masculinidad.

LOS HOMBRES Y EL FEMINISMO

La presencia del antifeminismo en el discurso de Vox no es secundaria: es uno de los los tres pilares del partido de ultraderecha, junto al anticatalanismo (más que nacionalismo ya que se basa en el odio más que en un modelo de país claro) y la antiinmigración. Después de que Ciudadanos retirase de su programa la reforma integral de la LVG y de que el PP comulgase con parte del discurso contra la Violencia de Género (aunque Casado sea crítico con “la ideología de género”), se queda el campo libre para que Vox se apropie del marco crítico, hipertrofiando el discurso que acusa al feminismo de “culpar a los hombres por el hecho de ser hombres”.

No obstante, Vox no inventa nada en esta materia. Existe un malestar masculino, del cual se han escrito ya muchas páginas, proveniente de una crisis de los modelos de género ligados a unos contextos de cambio e inseguridad vital que han difuminado las reglas sobre lo que consiste ser hombre.

Por suerte, ya no estamos en el mundo del honor, la dignidad y el mérito. Ya no consiste todo en sacrificarnos estoicamente por nuestra familia y recibir la medalla del padre/marido/hijo del mes. Sin embargo, si ya no podemos ser “hombres de verdad”, ¿qué se supone que debemos ser? Ante esta pregunta surge la crisis de masculinidad donde los valores asociados a un rol masculino tradicional ya no estipulan cuál es nuestro lugar en el mundo.

El malestar que surge de esta crisis es muy volátil y es fácilmente convertible en un enfado indeterminado. Michael Kimmel, en su obra Angry White Men(Hombres blancos cabreados), vaticinando el auge de Trump habla de cómo lo que hay en el fondo es un enfado masculino dirigido a todo. Hombres cabreados con sus jefes, con las mujeres, con los inmigrantes, los políticos, con todos.

Es un malestar sin forma, generado por una sensación de incertidumbre generalizada: esto puede ser aplicado al perfil de votante de Vox, masculino, de clase acomodada y estudios superiores. Este votante proviene de un colectivo clásico que puede estar percibiendo el cambio como amenaza, relacionando esta amenaza a los colectivos sociales que van mejorando poco a poco su situación. “Si ellos mejoran yo empeoro”, por lo que pasan a ser enemigos que vienen a “robarnos el país”. “Para la izquierda, no tenemos derecho a tener un país”, dicen en Vox apelando a este sentimiento de “nación arrebatada”.

La derecha tiene gran facilidad para encarnar las formas más masculinas de la política: la agresividad, la bravuconería, la política “con dos huevos”. Abascal representa al Macho Ibérico cuando aparece a caballo declarando el comienzo de La Reconquista, la guerra a catalanes, inmigrantes y feministas. Y si alguien duda de lo tremendamente masculino del discurso de VOX, que vea cualquier entrevista a su líder: los valores del hombre heterosexual y de estatus digno están presentes en todo momento. Desprende dignidad, honor y mérito. Una apelación a la visión romántica del hombre haciendo “cosas de hombres”.

Este cabreo no es marca propia masculina. Las mujeres también pueden adscribirse a la ultraderecha, racista, xenófoba, anticatalana y machista. Al fin y al cabo, sigue habiendo un 33% de votantes de Vox que no son hombres. Las mujeres también pueden estar cabreadas. Pero creo que en las mujeres este cabreo no está ligado a su feminidad: no están cabreadas en tanto mujeres (salvo en perfiles que buscan la vuelta de los roles femeninos tradicionales relacionados con lo doméstico, los cuidados y la maternidad). Sin embargo, en los hombres este cabreo es históricamente una válvula de escape legítimamente masculina: es enfado masculino en tanto que se basa en la sensación de un “rol perdido” y un malestar de género.

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Hombres al borde de un ataque de nervios

Publicado el 3 diciembre 2018 en General, Los hombres ante la igualdad, Paternidad Igualitaria |

Miguel Lorente Acosta

Muchos hombres están de los nervios, eso de ver cuestionados sus privilegios y de poner en evidencia que toda su fortaleza, racionalidad, entereza, criterio y valor era el cuento que ellos mismos habían inventado para impedir que las mujeres pudieran demostrar que era falso, lo llevan fatal y no saben muy bien qué hacer. Por eso mientras que muchos hombres, conscientes de esa injusticia, están saliendo del redil de la desigualdad, otros prefieren vivir acorralados en el machismo y desde allí tratar de lanzar sus mensajes y agresividad para mantener sus posiciones de poder.

Es un ejercicio de resistencia y contraataque.

Y el último ejemplo lo hemos visto en las reacciones a las críticas a la sentencia del Tribunal Supremo,que obliga a una madre y a sus hijos a abandonar el domicilio donde vivían tras la separación, por haber iniciado una relación de pareja con otro hombre. Nada nuevo, salvo la decisión del Supremo, puesto que se trata de una antigua reivindicación del machismo después de fracasar en su estrategia de control histórica. No olvidemos que todo esto viene de una realidad en la que la ley obligaba a las mujeres a pedir permiso al marido para cualquier cosa que hicieran en la vida pública. La misma realidad en la que les resultaba prácticamente imposible divorciarse  hasta que llegaron las llamadas “leyes de divorcio no culpable” en los 70, pero después, aunque lograban divorciarse, su vida seguía dependiendo de su ex marido porque él decidía cuando y cuánto dinero pasar para que sus hijos pudieran cubrir las necesidades básicas, una situación de abuso tan evidente y grave que se tuvo que desarrollar una normativa específica para obligar a pagar lo que sólo era parte de la responsabilidadde esos “buenos padres”. Pero como la situación no era un problema de legalidad sino de mentalidad,esos “buenos padres” inventaron estrategias para seguir hasta hoy sin pagar lo que se derivaba de sus responsabilidades, por eso han utilizado otras vías para continuar con el control de las mujeres y castigarlas por su decisión de separarse, sin importarles el daño causado a sus hijos.  

Por eso ahora están tan contentos de que el Tribunal Supremo les “haya dado la razón”, y se ponen tan nerviosos cuando se critica esa decisión y, sobre todo, su significado. Gracias a esa sentencia pueden volver a mandar un mensaje de fondo muy claro y directo hacia sus ex mujeres: “Si te quedas en casa cuidado de mis hijos no tendrás problemas, pero si metes a otro hombre en casa te irás a la calle con tus hijos”.

Esas referencias demuestran que muchos hombres construyen la familia sobre la idea de posesión, no sobre el compromiso, la responsabilidad y el amor,  de lo contrario no tendría sentido que la decisión para que sus hijos y la ex mujer salgan de la casa se base en que ella inicie una nueva relación de pareja. Es la idea del “tú eres mía o de nadie”trasladada a la familia y resuelta de diferente forma, pero siempre bajo el criterio de la posesión y de la legitimidad para “romper” aquello que consideran propio.

Las consecuencias para los hijos y las hijas es una especie de “daño colateral” del que siempre será responsable la madre por meter a otro hombre en la casa. Es el argumento habitual de los hombres y su Derecho para resolverlo todo con la culpa de las mujeres, y en este caso si ella no hubiera metido a nadie en casa sus hijos seguirían viviendo en ella. Ocurre como en la violencia de género, en la que a pesar del daño que sufren los hijos e hijas por vivir en ese contexto donde el padre maltrata sistemáticamente a la madre, la mayoría de las veces delante de ellos, como demuestran los estudios, el último de ellos la tesis doctoral “Menores y violencia de género: Nuevos paradigmas”, defendida el 30-11-18 por la ya doctora Paula Reyes y dirigida por la catedrática Juana Gil, el Derecho y la Administración de Justicia miran para otro lado y son capaces de “abstraer” de ese hogar violento a los niños para decir que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”y otorgar custodia y visitas sin problema. Y si los niños y las niñas se rebelan frente a esa decisión y no quieren ver al padre maltratador, pues tiran de manual, echan la culpa a las madres y les aplican el inexistente SAP(Síndrome de Alienación Parental).

 

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